Texto por Ximena Navarro E. | Ilustración por Cut, Paste and Speak!.

“Inclusividad”. Así como el “maquillaje mineral” fue un concepto muy en boga a principios de la década pasada, la idea de “inclusividad” parece ser la nueva tendencia del mundo de la cosmética contemporáneo. Pero, ¿qué significa realmente? ¿Por qué deberíamos de preocuparnos porque nos ‘incluya’ una industria la cual, como cualquier otra, tiene como propósito incrementar sus ganancias?

Cada marca (exitosa) tiene una característica que la distingue del resto. MAC es conocida por patrocinar –aunque cada día en menor medida- los backstages de las semanas de la moda más importantes; NARS, por los nombres escandalosos de sus productos; Fenty Beauty, por ser inclusiva. Con su línea inicial de 40 tonos distintos de base, la marca de Rihanna se hizo un hueco en un mercado saturado.

A partir del lanzamiento de Fenty Beauty (y gracias también al empuje de influencers como Jackie Aina o Nyma Tang), la beauty community comenzó a exigir un catálogo amplio de tonos para productos como correctores, las ya mencionadas bases y polvos bronceadores. La manera en la que tanto, les beauty gurus, como su audiencia han reaccionado ante las recientes protestas del movimiento antirracista Black Lives Matter ha sido continuar con esa exigencia y, a la par, promover marcas lideradas por personas de color. No obstante, ¿por qué las personas de color y, en general, cualquiera busca ser representade en un sistema que también los discrimina y violenta?

Un secreto a voces de la industria cosmética es que Ronald Lauder, uno de los herederos del conglomerado Estée Lauder (dueño de la marca homónima, MAC, Origins, Bobbi Brown, entre muchas otras firmas), es un generoso contribuidor financiero de la campaña presidencial de Donald Trump. De vez en cuando alguien conoce esta información en algún foro de belleza y los ánimos se calientan: las personas piden dejar de consumir productos del conglomerado, pero el boicot nunca se materializa. La historia muere. Un par de meses después el ciclo se vuelve a repetir. ¿De qué sirve que Bobbi Brown ofrezca 43 tonos de base distintos si parte de las ganancias de la marca irán a manos de un presidente racista y xenófobo?

Ni qué decir del beauty vlogger, Jeffree Star, quien durante años ha destacado por sus exabruptos racistas, al mismo tiempo que se ha transformado en uno de los representantes más mediáticos de la numerosa beauty community. El ciclo de sus escándalos es similar al de Ronald Lauder: alguien actualiza su historial racista. La audiencia y algún beauty guru se atreven a ventilar sus opiniones al respecto. Se pide dejar de ver su contenido y de consumir su línea de cosméticos. Nada sustancial cambia. El ciclo se repite.

¿Qué hacer? Bien, autoras como Naomi Klein o Yásnaya Elena A. Gil han escrito mucho respecto a la inclusividad. El de la lingüista oaxaqueña es el que me parece más relevante porque ofrece una solución contundente: fortalecer los sistemas de validación de grupos marginados. No se trata sólo de invitar a personas indígenas a hacer un tutorial de YouTube en el que muestren su rutina de belleza, por ejemplo; sino dar espacio para que su sistema de validación tenga tanto reconocimiento como el hegemónico.

Esta propuesta nos lleva a uno de los puntos focales del eterno debate del uso de maquillaje en las mujeres cisgénero y mujeres trans: ¿cómo sería la utilización de los cosméticos si nos percibiéramos fuera de la mirada masculina que tenemos tan introyectada? Hay quienes afirman que el cargado maquillaje instagram es uno de los acercamientos más “atinados” a dicha pregunta; aunque sigue respondiendo a algunos de los cánones estéticos de la blanquitud y del patriarcado. Cabe destacar que dichos cánones han tenido una transformación bastante interesante: han “asimilado” rasgos distintivos de grupos marginados (los labios gruesos de las mujeres negras; los pómulos pronunciados de las mujeres nativas de EE.UU., etc.) y los han “incorporado” a los rostros, habitualmente blancos. Sin embargo, es importante precisar también que dicho estándar ha generado la ilusión de que, por fin, las características físicas de las minorías son “aceptables” por el mainstream.

Aunque exigir que la beauty community (en sí un brazo más del sistema de validación hegemónica, en términos de Gil) asuma el reto de fortalecer nuevos sistemas de representación podría sonar paradójico –e incluso un poco absurdo-, no estaría de más invertir el tiempo en considerar esa posibilidad en lugar de repetir el pernicioso ciclo de supuesta “cancelación” de racistas como Ronald Lauder o Jeffree Star.

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Ximena Navarro estudió Ciencias de las Comunicación en la UNAM; durante su estancia en la facultad buscó realizar reportajes y trabajos de investigación con perspectiva de género. Actualmente redacta su tesis de licenciatura acerca de la cultura del maquillaje e instagram. Gasta más de lo que debería en Sephora y en conciertos.