Texto por Julia Luna Valle | Collage por Cut, Paste & Speak!

Creo que la mayoría de nosotrxs nos encontramos familiarizadxs con el concepto de “woke”, para decirlo de manera rápida lo woke surge desde un concepto del idioma inglés (para variar), popularizado por el movimiento Black Lives Matter con la frase y hashtag “stay woke” en las protestas que ocurrieron en Estados Unidos en 2016.

A grandes rasgos, el concepto se refiere al grupo de personas o individuos que han tenido un despertar sobre su privilegio y que en general son capaces de dar cuenta del abuso de este y las relaciones de poder que puede causar.

Hasta aquí todo bien; de hecho creo que este es un ejercicio que la mayoría de nosotrxs hemos realizado.

Sin embargo, el concepto ha devenido en una especie de personalidad que responde a tendencias; así, parece que el siguiente paso de alguien woke es, después de haber constatado su privilegio, tratar de participar en todas las luchas de aquellos que no cuentan con el mismo. Se trata de una persona que habla desde una postura privilegiada (sobretodo económica) que está metida en todo: llena de carteles y banderas su cuarto y no se diga sus redes sociales, se introduce en espacios de lucha que antes no le correspondían, pero que al mismo tiempo no está realmente metida en nada. Participa más en la estética de la protesta, que de la protesta en sí; convirtiéndose en una crítica y acción sin contenido que, en realidad, no va ni ve más allá de su privilegio.

Parece que justamente al tener esta postura tan cómoda dentro de la sociedad pueden internarse más fácilmente como protagonistas, y no es solo que puedan sino que desean hacerse ver de esta forma. Su privilegio económico les ha dado una postura socialmente importante en la que a la persona se le escucha por el simple hecho de pertenecer a una clase social alta.

Así veo a lo woke: como una serie de personas privilegiadas, que pretenden desmontar el privilegio, pero no logran renunciar por completo al suyo, sino que se aprovechan del mismo para posicionarse como figuras de autoridad o voceros de todas las luchas sin que estas realmente lxs interpelen corporalmente, por sobre quienes no gozan de su privilegio económico. Lo woke además es un resultado de la mediatización de los movimientos sociales y así entonces el surgimiento de una especie de “moda” de ser aliadx de todxs (lo cual sería sumamente desgastante si ocurriera efectivamente) solo por el mero hecho de verlo en un tweet. Aquí entonces comienzan sus “imperativos del privilegio” que sobretodo veo muy claros en el consumo de ciertos productos. Uno de los productos por excelencia que responde a estos imperativos es el de la ropa, la industria de la moda y la aparición del llamado “consumo responsable”, el cual, considero, es una gran trampa ideológica.

¿LXS CONSUMIDORXS SON LXS CULPABLES?

El término “consumo responsable” lo vemos una y otra vez reproducido en publicaciones de este tipo de “activistas”, lo cual resulta muy lógico, puesto que tienen el poder adquisitivo necesario para promover el tipo de marcas que gozan de esta categoría nueva de “marcas sustentables”, “socialmente responsables”, “amigables con el medio ambiente”, en fin, todas estas marcas que no pertenecen a la industria del “fast fashion”. Este tipo de marcas tienen otro proceso de producción: no participa de la industria maquiladora por lo que su manufactura resulta más lenta, además de ofrecer una paga justa a sus trabajadorxs y trabajar con materiales sustentables y de mayor calidad, lo cual se ve traducido en un gran incremento del precio al público justificado detrás de estos nuevos parámetros. Su precio es entonces adecuado considerando la calidad, no solo de la ropa, sino también de la vida de sus empleadxs. Además, hay que tener en cuenta que las marcas siempre querrán tener ganancia, resultaría absurdo dentro de un mercado capitalista lo contrario, es decir no es solo la justificación de la forma en que las marcas sustentables manufacturan sus productos, es también el margen de ganancia que estas marcas desean, por lo que su precio nos resulta sumamente elevado. Con estos precios la compra de este tipo de productos es llamada “inversión” por la propia marca y defensorxs de la misma que nos piden considerar la calidad de su producto vs la de los productos del fast fashion.

Aquí yace el problema, en un imperativo que no puede ser aplicado ni entonces cumplido por la mayoría, porque la mayoría de nosotrxs no contamos con un ingreso que nos permita decidir comprar un pantalón producido ecológicamente, por personas que han recibido un salario justo y que no se ha producido en masa, versus un pantalón que ha sido producido del otro lado del mundo, por personas sin nombre, en condiciones deplorables para ellas y el medio ambiente.

El dilema no está, entonces, en quién soy como consumidorx y a que contribuyo si consumo una marca en vez de otra; el dilema (que entonces ya no es dilema realmente) es qué producto es más caro y por lo tanto parece correcto comprar. Desde esta lógica el precio es el que nos indica el valor ético y moral de una pieza de ropa: si la prenda es más cara y bajo el slogan de la marca aparece la palabra “sustentable”, por lo tanto es mejor y tu como consumidorx te vuelves éticamente responsable; en cambio la persona que compra una pieza de ropa que tiene un precio mucho menor pero no es “sustentable” es categorizada dentro de este pensamiento woke como “mala”. Con esto se está borrando un proceso detrás de la compra que es la capacidad económica de lxs consumidorxs, pues se cree que sin importar la clase social a la que pertenezcas, el salario que tengas, el lugar donde vivas, puedes y debes de adquirir este tipo de productos.

Aquí el conflicto es toda esta serie de frases que escuchamos una y otra vez, de esta especie de política de intimidación que me hace sentir mal por haber comprado esto en vez de esto otro. Este tipo de activismo parece sobretodo hacer que la culpa caiga en lxs consumidorxs en vez de lxs productorxs. Nos deja en esta forma de “consumo responsable” donde, desde el nombre, la responsabilidad y culpa recae por completo en nosotrxs lxs consumidorxs. Se culpabiliza a la persona bajo el criterio del precio, entonces caemos en un elitismo y clasismo dentro de este activismo. Las únicas opciones son comprar como compran los grupos económicos privilegiados/wokes o seguir comprando en Inditex porque para esto me alcanza y entonces ser señaladx por lxs anteriores como “malx”.

El problema está entonces en este pedestal que se ha creado alrededor de una cultura woke, del “consumo responsable” y la imposibilidad material de la gran mayoría de las personas para adquirir este tipo de productos. La minoría aquí son las personas que pueden permitirse gastar su dinero en estas marcas, minoría cuantitativa que por lo menos en el espectro de las redes sociales parece una mayoría abrumadora que continuamente nos deja como lxs malxs del cuento.

LOS IMPERATIVOS DEL PRIVILEGIO

La imposición de este tipo de pensamiento woke no comienza por pensar antes que nada si realmente es posible algo así como un “consumo responsable” bajo las lógicas del capitalismo, luego suponiendo que hubieran pensado en esto y la respuesta fuera afirmativa, sus condiciones no son extendibles a todxs lxs miembrxs de una sociedad: primero porque este pensamiento nos habla desde su privilegio, creyendo que cualquier persona tiene las mismas posibilidades que ellxs de adquirir productos y luego porque la información sobre este problema no se encuentra difundida entre todxs, sino que solo son conscientes de ella un grupo específico de personas que cuentan con el privilegio de darse cuenta de tales cuestiones. Entonces lo woke realmente nunca podrá formar parte de la visión crítica de una sociedad entera, no solo porque no se identifiquen con ella o no tengan las posibilidades de participar de sus “mandamientos”, también porque es una comunidad que de por sí ya es conformada por personas muy específicas y que por lo tanto sus posturas llegan a otra comunidad de personas específicas.  Es una red que se ha ido conformando y que realmente no da apertura a la difusión más allá de los grupos sociales que participan por lo menos de la lectura de sus peticiones al público en general, que de general no tiene nada.

Dentro de la generalización de lxs wokes se deja de lado, en el caso concreto de México, que actualmente la mayoría de la población gana apenas de 1 a 2 salarios mínimos, mientras que la minoría de la población gana más de 5 salarios mínimos[1], lo que significa que la mayoría de la población apenas y logra llegar a fin de mes con $3,696.6 pesos mensuales (el salario mínimo a diciembre de 2020 es de 123.22 pesos).

Si se tiene esto en mente no resulta lógico exigirle a alguien perteneciente a esta abrumadora mayoría a que use sus ingresos para comprar, por ejemplo, una falda (en descuento) de $3,223.00 pesos de la marca Ganni porque como el sitio Farfetch nos señala: Ganni mide la huella de carbono de cada uno de sus artículos. En ellos encontrarás una etiqueta de compensación climática que afirma que la marca neutraliza el impacto de su elaboración. Sea que la marca realmente lo haga o no, la cuestión no resulta importante para este sector de la población, ya que lo que pesa aquí es el precio exorbitante para cualquiera que intente mantenerse con uno o dos salarios mínimos, sobretodo si pone en contraposición los precios de la ropa que consigue en el tianguis o mercado que pueden ir desde los $50.00 pesos por una falda a los precios de el fast fashion como Forever 21 donde puedes encontrar el mismo tipo de falda de Ganni, pero por $199.00 pesos. Así, la cuestión ya no queda en el proceso de producción de la falda sino en el precio de la misma, lxs consumidorxs no piensan en comprar algo que no arruine el planeta, piensan en comprar algo que no arruine su economía.

Aunado al clasismo que viene con este tipo de demandas y reclamaciones a los grupos no privilegiados tenemos además que considerar el propio contexto de este sector. Antes que nada el espacio urbano en el que se encuentran está en la periferia, por lo que los lugares cercanos para adquirir prendas son el tianguis local, el supermercado, o bien los grandes centros comerciales donde lo único que se encuentra es fast fashion. Por la parte de la exigencia no hay mucho que hacer cuando sus condiciones materiales no les permiten siquiera enterarse de la exigencia de lxs wokes, pues también no todas estas personas cuentan con un smartphone ni conexión a wifi las 24 horas, y quienes tienen ambas, no tienen el tiempo para darse el tiempo de pensar en lo que consumen, de meterse a twitter y buscar el hilo en el que te cuentan las 10 razones por las cuales estás matando al planeta si compras fast fashion. Así que mucho menos se les puede plantear la opción de comprar por internet en tiendas que son de otros países y solo venden la ropa en dólares o euros, o tiendas en las que solamente puedes pagar con tarjeta de crédito. Todas estas son razones que contribuyen a que pensemos si realmente es correcto hacer de una ola de activismo que emana de un grupo social específico, un imperativo por sobre todas las personas sin importar el grupo social al que pertenecen.

EL PELIGRO DE GENERALIZAR.

Entonces con todo esto dicho creo que el mayor de los problemas yace en la forma en que se expresan las problemáticas y la forma en que se recrimina a lxs consumidorxs, que por más que quieran, no pueden participar de estas propuestas que parecen más imposiciones que otra cosa. Creo que hablar de la moda sustentable y de las consecuencias medioambientales y sociales que ha causado el fast fashion es sumamente importante, pero nunca debió de haberse convertido en una persecución y culpabilización del poder adquisitivo del que obviamente no todxs gozan.

El activismo no puede instalarse desde un solo punto de vista que acate el problema, nuestra experiencia individual no es siempre abstraíble al ámbito colectivo y sobre todo no lo es cuando de consumo y posibilidades económicas se está hablando. La solución no puede ser ofrecer solo una alternativa en contra del fast fashion, no puede ser solo este conjunto de marcas, sobretodo extranjeras, que apropiándose del concepto han creado otro tipo de industria que pretende ser “sustentable”, como por ejemplo Reformation que cuenta con 42 fábricas para la manufactura de sus prendas en Los Angeles, China, India y Turquía, y cuya popularidad ha ido incrementando de tal forma que no parece que una fábrica les bastara; o como también las vertientes de marcas conocidas por todxs que apropiándose del concepto responden solo en el nombre a una forma de producción sustentable como H&M Conscious.

No pongo en duda que el concepto de “moda sustentable” haya tenido influencia sobre la industria, pero creo que si hay que tener una mirada muy crítica con este tipo de pretensiones. Lo que ya no es posible es exigir a alguien que nunca ha podido acceder a estos precios a participar de esta forma de consumo. Es más responsable que esta cultura de lo woke proponga alternativas que abarquen una posibilidad real que no se reduzca a la compra de más y más productos, como por ejemplo el trueque, la ropa de segunda mano, etc. La propuesta no puede quedar reducida a la acusación y culpabilización de la compra de fast fashion, no es tan simple recriminarle a lxs consumidorxs de este tipo de marcas porque no todxs lxs consumidorxs de ésta pertenecen al mismo grupo, ni tienen las mismas condiciones económicas, ni cuentan con los mismos privilegios entre sí. A todo esto, el ejercicio de este “dar cuenta” de lo que hacemos como consumidorxs debe ser antes que nada un ejercicio de autocrítica y realización de mis posibilidades como consumidorx para así saber a qué tengo acceso y a qué no y entonces qué puedo hacer desde estos condicionamientos para no contribuir a todo lo que ya he mencionado.

Pensar solo desde el punto de vista “unívoco” de esta ola de pensamiento woke no hará más que dejarnos en un estado de pasividad ante soluciones que no son posibles para todxs. Nuestra crítica debe ser local antes que nada y nuestras soluciones por lo tanto serán locales, no tiene nada de malo servirse de lo que ya está ahí a la vuelta de la esquina para cambiar mi forma de consumo.


REFERENCIAS:

  • Indigenous Action Media, Accomplices not Allies, an Indigenous Perspective & Provocation, 2014.
  • INEGI. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Indicadores estratégicos. Mayo, 2020
  • Vis, Farida, “When Twitter Got #Woke: Black Lives Matter, DeRay McKesson, Twitter, and the Appropriation of the Aesthetics of Protest.” The Aesthetics of Global Protest: Visual Culture and Communication, editado por Aidan McGarry, Amsterdam University Press, Amsterdam, 2020, pp. 247–266. JSTOR.

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Julia Luna Valle, estudia Filosofía en la UNAM, le gusta escribir sobre estética desde una perspectiva decolonial, subalternidad, feminismos y teoría política. Disfruta bailar, quejarse todo, leer libros que no entiende, bordar y tomar agua de horchata.