Texto por CanniDanni | Ilustración por Iurhi Peña

Relato inspirado en Osi, en Saturno en la casa IV y en el Gita

Porque mi ropa es mi vida. Es lo más parecido que tengo a un diario, impráctico sobre todo al transportarlo, pero me ha descrito por largo tiempo. No sé cuando empecé a coleccionar ropa-después-de-ser-usada-en-eventos-emocionales como deporte personal, pero bien podría ir a las olimpiadas de tener ropa-que-no-uso-pero-que-necesito-en-el-closet. 

Roja deseaba salirse de su casa familiar norteña. Nunca había ido a otros Estados, sin embargo, la intuición le murmuraba que en la Ciudad de México tal vez había más gente como ella y frecuentemente le ponía una película en su cabeza de cómo funcionaría. Con poco dinero y por medio de Facebook encontró un cuarto con closet decente en una colonia cerca del metro Camarones en Azcapotzalco, no sabía exactamente qué significaban esos rumbos pero podía pagarlos y parecían cerca del centro.

Necesito empacar. Esas cajas de huevo llevan apiladas en la esquina tres semanas. La desidia me coge diario, la desidia y el miedo. Quisiera no desear tanto y dejar al miedo rondarme, convivir conmigo, contarle una y otra vez mis planes, quedarnos despiertos hasta tarde, abrazarnos, comernos las uñas el uno al otro. Pero no, irme es mucho más grande, irme será mi nacimiento y mientras no ocurra, seguiré de limbo siendo testigo del mal. Saltillo está mal. Mi familia está mal, tener que ver sus caras está mal, ser consiente está mal, mi padre está mal. La razón por la que nací aquí fue para irme. Dejar es mi punto de partida y comprar ese boleto a México la tirada.

Supe que quería vivir ahí desde que descubrí que quiero vivirlo todo. Quisiera que mi cara saliera en las noticias cuando hay marchas feministas, ser de las personas que hacen filas para entrar a los museos, usar el metro después de visitar a mis amigos, gastar el dinero que no tendré en tiendas que todavía no conozco. Cualquier cosa es mejor que ver amaneceres grises con gente uniformada en colores caqui lista para trabajar o que con este clima no pueda usar la misma ropa en un tiempo mayor a doce horas.

Roja se describía a sí misma como extravagante por dentro y por fuera pero para serlo necesitaba utilería y no quería partir sin ella, sin su tesoro: su ropa, que tenía el defecto de ser demasiada. Tenía de todo, faldas, blusas, accesorios, zapatos. Objetos que había guardado desde que recordaba tener el cuerpo de ese tamaño. De hecho tenía dos tipos de almacenamiento. Afuera, en los ganchos estaban las cosas de la temporada en curso. Si era invierno en el closet estaría todo lo abrigador mientras el resto esperaba en cajones y si era temporada calurosa solo intercambiaban el lugar.

Cuando me pruebo la ropa para verme en el espejo me siento como el loco de El silencio de los inocentes. Recuerdo la vez que me probé un vestido nuevo de cuero y salí sin querer al baño. Estaban todos ahí con una mirada colectiva fría y castradora que me desvistió, me llevó a la esquina más cercana y me enterró alfileres en cada una de las uñas, después un poco más comprensiva, bajó la tapa, me sentó en la taza del baño, puso música en mi celular, me arrancó las lágrimas más silenciadas que he sacado y me metió a bañar con agua tibia y jabón de barra.

Mientras guardaba quería recordar, como se hace cuando se encuentra un antiguo texto propio. Una ombliguera blanca con tela acanalada que uso cuando salió de la prepa y que no volvió a usar hasta hace poco después de meses de abdominales, los jeans negros que se quitó cuando perdió la virginidad, todas sus bufandas en totalidades rojas de cuando estaba obsesionada con el color rojo, los sacos que usaría cuando se sintiera lista, el vestido estampado de manga larga que la hace sentir espectacular sobre todo cuando baila salsa con alguien, shorts de playa, putishorts de playa, ropa regalada de su mamá para cuando sea de la talla de su mamá, las estolas de piel que nunca podrá usar porque si no la lincharían, toda la ropa que su papá -en sus cinco minutos de generosidad- le había dejado debajo del árbol en la Navidad.

Cuando doblo mi ropa siento que la lastimo. Sobre todo a esa ropa que por naturaleza está expandida tipo los vestidos largos o los abrigos acolchonados. No quiero lastimarte, pero nos tenemos que ir, es por tu propio bien. Porque mi ropa es también mi muerte. Porque por ella y por el miedo a no poder llevármela, me he quedado. ¿Cómo me voy a ir sin mi armadura?

Quiero que la gente de México vea esta chamarra y vea mi estilo Matrix. Van a querer preguntar sobre Roja. ¿Y qué voy a decir? Que mi padre nunca me ha dejado vivir la vida que parezco que viví. Que estas ojeras se hicieron solas, que yo no las hice. No me molesta intimidar, pero dando razones.

Las cajas quedaron encopetadas, como vino espumoso que se sirve rápido. Afuera solo estaban los trapos que de verdad usaba toda la semana: la falda larga de terciopelo, su pants verde, las tres blusas básicas tres cuartos de Aurrerá y el vestidos camisero largo de lino falso, que casualmente ya no cupieron y se quedaban en el presente que la esperaba en la terminal.

Comprimió y cerro con cinta canela, rápidamente las cajas quedaron apiladas una por una en la esquina donde previamente estaban vacías. Mientras prendía un cigarro en la ventana y se sentaba a descansar, se les quedó mirando y por primera vez sintió la ligereza de ya no ser parte de esa historia. No quería volver a ser esa persona. Se dio cuenta de que cada vez que usara esa ropa sería como disfrazarse con lodo, como si se acumulara más polvo debajo de la alfombra y prefería sacudir y brillar. Brillar como imaginaba que brillaban las bolas de espejos en las discos. Abrió su mochila, echó su presente bien doblado y se dispuso a devorar con la panza vacía.

Tal vez hasta pueda entrar a la universidad. Soñando alto, tal vez hasta pueda ser feliz.

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CanniDanni es una diseñadora de modas y DJ, amante de la astrología, la música y el arte. Tiene una vida muy ecléctica, ha sido desde godínez hasta completa nómada. Actualmente busca maneras más desafiantes de expresarse. Ama a Dios.