El siguiente texto, de la autoría de Andrea Garzán, surge a partir de su ponencia del mismo nombre, impartida el pasado 25 de septiembre en la mesa «Fast fashion: enemigo número #1 de la moda» realizada en el marco del Primer Coloquio de Moda, Historia y Arte, que se llevó acabo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Andrea Garzán es egresada de Publicidad y Relaciones Públicas de la Universidad Veracruzana, ha estudiado corte y confección en la Escuela Industrial Concepción Quirós Pérez y fotografía en la Escuela de Cine Luis Buñuel. Fue encargada del área digital en Hub iLab, un centro de innovación y emprendimiento en Xalapa, Veracruz. Es fundadora de la marca Viva La Vintage.

Collage por América Uribe.

La industria de la moda es la más contaminante del mundo después de la industria del petróleo, según fuentes oficiales de la ONU. En el siglo XX grandes empresas transnacionales se han dado a la tarea de corromperlo todo para poder generar sus cincuenta y dos (52) temporadas de ropa al año, para ellos cuatro temporadas no es suficiente, ahora existe una cada semana. Estas acciones desmedidas han dado lugar a lo que actualmente conocemos como el fast fashion o «moda rápida», un término que hace referencia al consumo desmedido de prendas que se diseñan sumamente rápido, a un bajo costo y continuamente por parte de grandes marcas de ropa, incitando al consumidor a comprar cada vez más y a usarlo cada vez menos.

Analicemos un poco el trasfondo que engloba el fast fashion: según informes oficiales de El País, durante el miércoles 24 de abril de 2013 en las afueras de Dacca (Bangladesh) un edificio de ocho plantas, llamado Rana Plaza, colapsó, dejando más de 1000 muertos, miles más heridos y cientos de desaparecidos, convirtiéndose en una de las mayores catástrofes de una industria que llena las tiendas de occidente de ropa baratísima y es “clave” en la economía de Bangladesh. Seguramente si revisamos la ropa de nuestro armario algunas de las etiquetas digan “Hecho en Bangladesh” o “Made in Bangladesh”. ¿Podríamos imaginar que quizá estas piezas de nuestro armario fueron elaboradas en edificaciones que han colapsado como esta y fueron creadas por manos que ya no pueden coser más?

Por su parte miles de trabajadores textiles que siguen laborando, han salido a las calles a protestar por sus lamentables condiciones laborales, como situaciones precarias en la construcción de las maquiladoras hasta los salarios ofrecidos que algunos sólo llegan a los 500 pesos mexicanos mensuales.

Pero esto no se queda allí: aunque existe un buen número de personas que luchan contra estas injustas formas de trabajo, no podemos dejar de lado que el fast fashion no sólo afecta al planeta de una forma social, sino ecológica y ambiental. Cientos de pesticidas son esparcidos en las tierras a cosechar para producir algodón más rápidamente, lo que provoca que estas mismas tierras después de un ciclo de vida pequeño se vuelvan infértiles por tanta exposición a pesticidas, provocando a su vez, que muchos agricultores dueños de las tierras se suiciden por falta de trabajo. Además, grandes cantidades de contaminantes son desechados al agua para producir lo textiles, de 1,500 a 2,000 litros de agua son necesarios para producir una camiseta y 20% de los tóxicos que se vierten en el agua provienen de la industria de la moda, esto a su vez forma un caldo de infecciones y líquidos tóxicos para aquellas personas que conviven con estas aguas por vivir cerca de los vertederos. Las grandes producciones de ropa provocan que 300,000 toneladas de ropa sea desechada por la sociedad al año al menos en España y EE. UU., compramos innecesariamente tanta ropa que después tirarla nos resulta muy fácil, lo que para los gobiernos es un problema de salubridad por las bacterias, humedad y enfermedades que los textiles pueden guardar estando en la basura y su forma de erradicarla es quemándola, lo cual ya sabemos qué implicaciones lleva al ambiente y al cambio climático.

A mí sí me da miedo, más bien, me da pánico que si algún día llegase a tener hijos vengan a vivir en un mundo en el que yo al verlos a los ojos no les pueda decir que hice hasta lo que pude por salvarlo. Existimos muchas personas que somos activistas en pro de la moda sostenible y sustentable, que ya únicamente usamos ropa de segunda mano, que no compramos en tiendas departamentales o que somos conscientes de los procesos que llevó nuestra ropa, pero existe también una gran cantidad de personas que ni siquiera están familiarizados con el término fast fashion, o no saben lo que implica.

También hay marcas de ropa expuestas a la pregunta de los consumidores ¿Quién hizo mi ropa? de la iniciativa Fashion Revolution, buscando como respuesta saber quién está detrás de la confección de sus prendas y sus situaciones laborales. Todo esto nos lleva a un cambio, que poco a poco podemos fomentar y lograr, sin desesperarse, buscando más aliados y conociendo sobre el tema.

Las opciones para apoyar día con día a nuestro planeta son bastas. Según informes de Green Peace, si tan sólo el equivalente a una ciudad pequeña hiciera su siguiente compra responsable de ropa en algún sitio de segunda mano, evitarían una significativa contaminación de carbono a la atmósfera. Desde campañas que informan a las personas sobre los beneficios de reutilizar prendas, marcas que comercializan ropa de segunda mano y vintage, eventos de intercambio de prendas, transformación, donación, editoriales con prendas second hand y hasta desfiles de moda con marcas vintage.

Para mí, hoy, somos la generación que viste el cambio.