El siguiente texto, de la autoría de Anahí Gómez Zuñiga, surge a partir de su ponencia del ‘Lo post-humano en la moda: ¿asimilación o libertad?’, impartida el pasado 25 de septiembre en la mesa «Género, cuerpo y moda» realizada en el marco del Primer Coloquio de Moda, Historia y Arte, que se llevó acabo en la Escuela Nacional de Antropología e Historia.

Anahí Gómez Zuñiga es periodista egresada de la licenciatura en Comunicación por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM). Diseña e imparte talleres, se desempeña como periodista independiente y actualmente, además de laborar en FundaciónGIN, es conductora del podcast feminista «Brujas Cósmicas» para la revista digital Radio Pánico.

Collage por América Uribe.

“La humanidad me parece un comienzo magnífico, pero no la palabra final”

Freemand Dyson

Suelo observar por horas las pasarelas que iluminan la pantalla de mi televisor, y me  entran unas ganas cabronas por verme como esas mujeres gélidas que parecieran inmunes al tiempo, al dolor. Sus rostros impenetrables se vuelven mi deseo más grande. Ellas caminan con la seguridad que le falta al temblor de mis piernas, casi como si fueran de otro planeta.

Recuerdo que hace un par de años, en una  de esas pláticas del transporte público, le dije a un amigo  que las modelos eran mujeres irreales. Él,  como si yo hubiera cometido un pecado, me respondió rápidamente que no eran mujeres, que no eran comunes y por eso se dedicaban al modelaje. ¿Entonces qué son? Bueno, él no lo sabía con certeza, sólo estaba seguro de que mujeres lo que se dice mujeres, no eran.

Más allá de mi feminismo indignado, aquella afirmación se quedó pataleando en mi cabeza. Con el paso de los días y la revisión de algunas revistas especializadas en moda, me di cuenta que mi aludido acompañante  no estaba tan equivocado. Claro que las modelos son mujeres, humanas de carne y hueso, pero las disciplinan para verse  como algo más, como seres diseñados a la perfección.

Yo misma deseaba ser como ellas por esa imagen sin rastro de emociones, sin fallas. Bowie sabe cuántas veces he rogado por abandonar mi fragilidad; eso del llanto se me da naturalito y en exceso.  Resulta que Lipovetsky  estaba en lo cierto cuando afirmaba que los individuos posmodernos, incapaces de manejar sus emociones, desean  a toda costa volverse inmunes al amor, a la tristeza… En pocas palabras: el mudo, igual que la pasarela, se va llenando de seres narcisistas y maquinales.

ENTRE EL PLÁSTICO Y LA CARNE.

La moda es un reflejo de la sociedad que la produce,  es por eso que en las calles y en los medios de comunicación se hacen presentes un montón de cuerpos ataviados con artefactos posthumanistas. Quien no me crea debe echarle una miradita a Lady Gaga.

Pero como diría mi madre cuando cantinfleo y no entiende ni pío de lo que digo: “A ver chamaquita, vete más lento”.  Empecemos por decir que nos encontramos en un momento de transición; las tecnologías están por todas partes bombardeando con novedades y cosas que antes solamente se veían en las películas. Y es que la realidad sí ha superado a la ficción. Este momento extraño nos conduce a un mundo totalmente posthumano.

El filósofo alemán Peter Sloderdijk, asegura que la era posthumana es una etapa en la cual la cibernética, las biotecnologías, la cultura mass-médica, digital y telepresencial,  han tomado el control de la existencia humana. Un par de ejemplos populares, son los escenarios que se muestran en  la serie Black Mirror o en Ghost in the Shell. ¿Llevar la conciencia humana a un cuerpo maquinal? ¿Comprar un androide idéntico a tu marido muerto? Sí, posthumanismo.

El posthumano sobrepasa los límites biológicos; su diseño le permite adaptarse fácilmente, eliminar de su vida la vejez y la enfermedad. El autor Robert Pepperell asegura que “los posthumanos serán personas de habilidades físicas, intelectuales y psicológicas sin precedentes, autoprogramados, autodefinidos y potencialmente inmortales”. 

De entre todo este viaje llegan un par de palabrejas muy al estilo Blade Runner: “ciborg” y “androide”. Para definir el primer término prefiero invocar a la siempre maravillosa Donna Harawey, quien en Manifiesto Ciborg asegura: “Un ciborg es un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de realidad social y de ficción”. 

El ciborg es una amalgama entre lo orgánico y lo inorgánico, entre el plástico y la carne; en un mismo cuerpo conviven las fronteras que antes dividían a la máquina del humano. Un caso muy sonado es el de Rebekah Marine, conocida como la “modelo biónica”; ella tiene un antebrazo protésico  creado por Touch Bionics. Sin duda es un acercamiento palpable del posthumanismo en el ambiente fashionista.

Finalmente toca el turno de aparición al androide, un organismo sintético que imita la apariencia y el actuar de los seres humanos; hasta donde nos han dejado saber, son todavía una utopía tecnológica. Sin embargo, en nuestra cotidianidad hay otro tipo de androides: aquellas personas que emulan la estética de la máquina, que son más cercanos a un robot diseñado en un laboratorio que a un ser humano. En palabras del catedrático Naief Yehya: “el androide, puede ser un cyborg, que no tiene que haberse construido a partir de la arcilla misma, como el Golem, ni de plástico o metal, sino que puede ser un hombre cuya identidad se haya reinventado totalmente fuera de la naturaleza y cuya apariencia sea una ilusión”.

Siguiendo estas definiciones, la controversial Camille Paglia decide aventurarse para advertir que, a causa de su aspecto andrógino, aletargado y glacial, la modelo es el androide clásico de la modernidad. Vaya, parece que Camille le puso palabras a un hecho que ya intuíamos.

En los años cincuenta la modelo se vuelve protagonista de la cultura pop; desfila con sus piernas largas, sus movimientos delicados, los senos pequeños dibujados bajo la seda y su característica expresión de ausencia. De acuerdo a Yehya, “a diferencia de otras mujeres hermosas, la modelo debía ser maleable y versátil, por lo que no requería de características femeninas determinadas, sino que debía asumirse como diversas personas según la estación, el tipo de ropa, la visión del diseñador y los accesorios que modelara”. Era necesario que estas bellas hembras soltaran su cuerpo y su identidad para transmutar en un pedacito de arcilla dócil y reemplazable.

La bomba no se atascó en el pantano, siguió su camino hasta que en los noventa explotó con la estética de la heroína (heroin chic), una suerte de espejismo heredado del tísico encanto nacido en el romanticismo.  La investigadora Carmen Abad explica que las heroin chics eran  “jovencitas ojerosas posando en escenarios destartalados y a las que, así se llegó a decir, sólo les faltaba una jeringuilla (de heroína) colgando del brazo”.  Eran mujeres pálidas, con cuerpos excesivamente delgados y la ilusión de la muerte coloreándoles los labios.

Aquel look enfermizo replicado por la industria de la moda logró dotar de glamour a la destrucción del cuerpo orgánico.  Una característica del posthumanismo es buscar la superación de la carne, devaluar lo orgánico en favor del esplendor metalizado: las modelos se contoneaban cada vez más flacas y frágiles como doncellas fracturadas.

El androide y la modelo representan lo unheimlich; este concepto fue acuñado por Freud y significa: “lo extraño que deviene de lo familiar”. El término fue traducido a nuestro idioma como lo “siniestro” y hace referencia  a la confusión producida cuando las barreras entre lo animado y lo inanimado se desvanecen, o cuando una particularidad cotidiana revela algo que ha sido reprimido. De ahí lo terrorífico de imaginar que un muñeco inerte tome vida, por eso Chucky es culpable de tantas infancias traumatizadas.

Las reinas de las pasarelas suelen tener una expresión indescifrable, muerta: la lógica nos dicta que están vivas puesto que caminan con sus respiraciones latentes, pero la ilusión de su imagen niega la vida. Su careta intemporal es otra característica compartida con el androide. Ambos seres extranjeros, indiferentes, siniestros…

Abad, refiriéndose al trabajo del  fotógrafo Juergen Teller,  opina que “la belleza de la imagen o de la modelo está siempre mediatizada por un lado oscuro en tanto que incierto; hay una permanente tensión entre lo real y lo imaginario, lo familiar y lo extraño”. Entonces se hace una pregunta que me puso mis pocos cabellos de punta: “¿Critica el fotógrafo las miserias del ´sistema de la moda´ (anorexia, utilización de menores) o nos implica en sus crímenes desde la más absoluta amoralidad?”

El cuestionamiento de Abad es sin duda aplicable a muchos, si no es que todos, los aspectos que rodean esta industria. Situación parecida se ve reflejada en el filme de Nicolas Winding Refn, El demonio Neón, donde se nos hace participes de la robotización de los cuerpos que aparecen ante los ojos del espectador. Figuras azotadas, cada paso más inhumanas, más solitarias. Es el vigilar y castigar de Foucault llevado a la moda. Miquel Ángel Torres Ruiz, en su inquietante texto “Sexo inorgánico en el ciberespacio: relaciones entre ciencia y pornografía”, suelta su látigo: “en la modelo profesional de la moda se imprimen los signos a la vez inquietantes y fascinantes del androide: al poseer rasgos neutrales, estandarizados y substituibles, ignora lo orgánico al burlarse de la vejez y de la muerte. Tras la muerte real de una de ellas, es reemplazada por otra con rasgos análogos para lograr perpetuar el patrón en los medios, en espera de que la ciencia permita la construcción del auténtico androide tecnológico inmortal”.

Detrás de esas figuras se esconde la última resistencia apaleada. Pedacitos de carne se cuecen en el asadero de todo lo que en plástico se convierte, ¿Será esta nuestra sentencia final o una posibilidad para aullar y reinventarnos según nuestro deseo? 

ALEXANDER MCQUEEN EN SU NAVE ESPACIAL.

Era 1999, la modelo Shalom Harlow estaba parada al centro del escenario. Se le veía asustada. Daba vueltas como la muñequita de una caja de música, envuelta en su esponjado vestido blanco. El cabello  le caía sobre el rostro. Sus manos se movían en una danza esquizoide. A sus costados un par de robots la acechaban; sus movimientos emulaban los de Shalom, pero con su corporalidad maquinal, reluciente bajo la luz anaranjada de la sala. De pronto los robots le dispararon a su presa. De sus armas escaparon flujos de pintura negra y amarilla. El vestido y la modelo ya  no fueron lo que eran antes del baño bicolor. La gente que observaba el espectáculo aplaudió. Alexander McQueen, en algún recoveco alejado,  quizá se preguntaba si alguien había entendido lo que estaba tratando de gritar con su performance.  Lo cierto es que aún hoy, no sé si lo comprendo.

La única certeza es que el desfile “No. 13” de McQueen, ponía sobre la mesa una situación que se burlaba de las fronteras: lo humano y lo maquinal conviviendo a diario bajo la desinteresada monotonía. Su predicción sobre este hecho era catastrófica;  mostraba al humano como la víctima del entramado científico-tecnológico. No es gratuito que los más pesimistas se refieran a las tendencias derivadas del posthumanismo como una “moda apocalíptica”. 

Muchos años después, en 2018, durante la semana de la moda en Milán, se presentó el “Cyborg Gucci”, otro momento que les voló los sesos a muchas personas, incluyéndome a mí. Para un primer acercamiento, es necesario mencionar que el desfile se realizó en un escenario que simulaba ser un quirófano. ¿Por qué esto es relevante al tema? Sencillo, es en el quirófano donde se “mejoran” los cuerpos humanos, donde se revierten nuestras imperfecciones.

La sala quirúrgica de Gucci, alude a un posthumanismo donde el discurso dominante es sostenido por la medicina, a través de la cual se cometen cientos de aberraciones bajo el pretexto de “hacer ciencia”. En palabras de Jill Didur, se diría que asistimos a la colonización del cuerpo humano por partes, a manos de científicos y jefes de estado.

Sloterdijk señala el fracaso del humanismo al tratar de borrar el salvajismo animal de los individuos, el cree que para “domesticar” al ser humano con eficiencia deben servirse de las nuevas tecnologías. Cuando en 1997 se establece la primera empresa en ingeniería genética, el sueño dorado de Sloterdijk se vislumbra cada vez más cercano. La cibernética y la biotecnología generan los instrumentos para modificar cada recoveco genético, para finalmente convertirnos en la máquina obediente que el sistema capitalista anhela.

En este mismo evento aparecieron varias modelos caminando con reproducciones idénticas de sus cabezas: la cereza para coronar el buffet posthumanista. Al fin el humano totalmente fragmentado, divido en partes intrascendentes; el cuerpo plástico que se vuelve un adorno sustituible, personas intervenidas en completitud.

La modelo reproducida por las grandes redes empresariales y mediáticas,  se manifiesta como el triunfo de la tecnología, como un suave esbozo de lo que nos espera si bajamos todavía más la guardia y permitimos cabalmente que disciplinen nuestros cuerpos según sus codiciados procesos de producción.

Por otro lado, entender lo político de la moda y de las corporalidades, es una suerte de resistencia para encontrar una moda posthumana que hable más de liberación que de atadura.  Para Patricia Mayayo, “la hiperrealidad del cuerpo posthumano no elimina la   necesidad de una resistencia política, porque sigue siendo hoy más necesario que nunca  trabajar hacia una redefinición radical de la acción política si no queremos que las  transformaciones del cuerpo se conviertan en una nueva y poderosísima herramienta de control”.

 La época actual origina cuerpos no acabados- cuerpos con las fronteras desintegradas- cuerpos en constante juego con lo limítrofe- cuerpos donde todas las identidades conforman ciborgs transgenéticos capaces de enfrentarse a los moldes heteronormados, clasistas, misóginos y eurocentristas. Es tiempo del Yo tomando el control de su identidad.

Estas expresiones de ruptura son claras en los diseños posthumanistas de Iris Van Herpen, donde lo tecnológico y lo artesanal se fusionan para revolucionar los antiguos límites. También es interesante el trabajo de diversas marcas, diseñadores y modelos que conjuntan fuerzas para rebelarse y re-inventar desde corporalidades distintas.  Tal es el caso del sello Malena Foyo, que desquició el reciente Mercedes-Benz Fashion Week de la CDMX al presentar un desfile con tallas, rostros, pieles y perfiles alejados de los clásicos estereotipos hegemónicos.

Sacaré a flote a una hermosa mujer de la cual me guardaré el nombre; ella me contó que en varias ocasiones sintió asco de ser quien era, odiaba su carne y se detestaba a sí misma. Después de mucho trabajo para entenderse como un ser político, decidió que su cuerpo era un arma biológica para resistir desde una trinchera alejada de lo normativo.

En este sentido, Rodolfo Wenger C. afirma que no enfrentamos una moda apocalíptica, simplemente “una nueva moda, una nueva forma de relación social y artística metaperformance (…)  Si de algo puede servirnos el derrumbamiento de las certezas metafísicas, es para complicar, desjerarquizar y desnormativizar”.

No soy Pasolini pidiendo explicaciones

No soy Ginsberg expulsado de Cuba

No soy un marica disfrazado de poeta

No necesito disfraz

Aquí está mi cara

Hablo por mi diferencia

Defiendo lo que soy

Es momento de hacer como el poeta Pedro Lemebel y hablar por nuestra diferencia.

Ahora o nunca.

Ahora.