Soy, fui y seré gorda, lo he sido desde siempre. Y desde siempre me he sentido incómoda habitando este cuerpo. He intentado de todo para modificarlo: comer menos, comer cinco veces al día, comer una vez al día, no cenar, dejar los lácteos; zumba, aerobics, spinning, caminar, trotar, correr, ir al gimnasio. Pero eventualmente mi cuerpo exige estar en su forma original: gordo. Las dietas y rutinas se van pero siempre quedan los pensamientos tóxicos de que mi cuerpo no está bien y la gente al igual  los medios me lo reafirman 24/7.

Mi cuerpo está sano pero es gordo. Mis niveles de glucosa, mi tiroides y mi asimilación a azúcares son normales. No soy lenta al correr y no me agito con facilidad. Soy una persona con hábitos promedio, no hago menos ejercicio ni como más ni peor que una persona delgada, pero a diferencia de ellas mi estilo de vida se ve sometido al escrutinio social. En una hamburguesería todos estamos atentando contra nuestras arterias pero el ojo social está sobre mí. Cuenta más si es una persona gorda la que está comiendo una whopper doble. Los espectaculares de la Secretaría de Salud para prevenir la obesidad que están por todas las ciudades irónicamente son protagonizados por personas gordas. Es a lo único que podemos aspirar protagonizar, esa es la presencia que tenemos. No existimos y si existimos es al final de un pasillo en la sección de tallas grandes, ahí yacemos escondidas, entre más o menos cien prendas de un centro comercial.

Nuestro sentido de la moda y específicamente nuestra forma de vestir es la carátula de cómo nos mostramos ante el mundo, qué nos gusta, a dónde vamos, de dónde venimos incluso lo que profesamos. Lo que decidimos vestir y lo que no, forma parte del discurso que legitimamos. Es además principio (y fin) de nuestra sexualidad, para muestra, el travestismo. Ningunear la forma en que nos vestimos es auto engañarse.

De mis viacrucis personales el peor siempre ha sido ir a comprar prendas para vestirme. Cuando era pequeña lloraba toda la noche rogándole a Dios que al día siguiente amaneciera bonita. Pero dios no existe. Al crecer en edad, crecía naturalmente en dimensiones corporales. Ir al probador y ver mi cuerpo gordo semidesnudo frente al espejo era un acto que requería valentía. Terminaba sudando y angustiada porque la talla once había dejado de quedarme. Para mí es normal  modificar los jeans que milagrosamente lograban entrarme, tenía que recortarles unos veinticinco centímetros sobrantes. No encuentro otro verbo mejor para describir que el de “entrar”, ni siquiera me gustaban la mayoría ni me hacía lucir bien, sólo me tapaba y esa era la función que tenía la ropa para mí, cubrirme para pasar lo más desapercibida que mi cuerpo gordo me permitía. Estaba destinada a sobresalir y no lo sabía.

Me acostumbré desde pequeña a vestir de la sección de tallas extras de Suburbia o de alguna tienda departamental. Asumí que usar prendas holgadas y aburridas eran parte de mi deber ser. La ropa bonita y entallada era algo que sólo podía imaginar usar. En la peluquería, los cortes de cabello corto eran algo que ignoraba, que estaba prohibido para mí. Nunca pasó por mi cabeza elegir un pixie cut. Nunca nadie me lo negó pero a la vez fueron todos.

Me resigné a ocupar el espacio que estaba designado para mí incluso antes de mi nacimiento. Adapté mi vida en función de lo que estaba diseñado especialmente para mí: los cortes princesa y tipo “A”, el cabello largo, la ropa de rayas verticales, los colores oscuros, las blusas que cubrían los brazos, las fajas, zapatos de piso, trajes de baño enteros, las bromas, el rechazo, la baja autoestima, los canallas, las relaciones tóxicas.

Hasta que pasó: me cuestioné todo. Comencé por el ¿por qué? e inicié con una desintoxicación de pensamientos hirientes. Un día a la vez. No puedo cambiar de forma automática lo que los demás piensen de mí pero sí puedo modificar lo que yo pienso de mí y puedo de manera gradual y en mis posibilidades aportar con mi existencia sobre una nueva concepción del cuerpo gordo.

Sé que esta lucha es muy similar a la de las personas extremadamente delgadas y en general de aquellas cuyos cuerpos no tienen lugar en revistas convencionales, pero escribo, hablo y exclamo por esta porque esta es la mía. Existo para incomodar a aquellos que me hicieron sentir incómoda desde los primeros años de mi vida. Mi cuerpo no está mal ni es un problema. El problema es de la gente que lo concibe así, que humilla, abusa y maltrata al otro por habitar un cuerpo ancho o diferente, como si el cuerpo que nos pertenece lo hubiéramos elegido, como si todos los cuerpos no fueran diferentes.

No, no quiero parecer bonita ante ojos que no sean los míos. No me importa ni es mi intención caber, de forma apretada como en las fajas que me orillaste a usar, en tus estándares de belleza. No busco enaltecer una enfermedad ni tampoco fomento estilos de vida poco saludables al postear una foto de mi culo gordo en Instagram. Busco que te preguntes por qué deshonras tanto lo que represento pero tarareas y aplaudes los anuncios de Coca-Cola. Exijo ocupar los aparadores principales y una sección más grande de las tiendas de ropa. Demando que en los tianguis haya pantalones que disfrute ponerme porque con mis ingresos económicos son los que puedo costear mayormente. Busco tener presencia en marcas mexicanas y de alta costura y no sólo en Forever 21. No soy el tren del mame de la gordibuena ni una sobra de Vogue.

Persigo incomodarte, que tus engranajes interiores se sacudan y se sorprendan de encontrar bonito un cuerpo robusto. Quiero que Melissa McCarthy protagonice más que comedias baratas. Busco que desees follarte a una gorda y que te asustes al darte cuenta de que tu masculinidad de papel se ve amenazada. Es mi intención que más mujeres gordas tengan mejores orgasmos, con ellas mismas y con sus parejas mientras (se) cogen con las luces prendidas. Pretendo que te cuestiones qué hay dentro de ti, que te llevó a valorar a las personas en función de su talla. Que tu humor sobre las personas gordas deje de acaparar la televisión mexicana y que tus tweets gordofóbicos dejen de ser retweeteados. Pero sobretodo, grito porque no destroces las infancias de las niñas gordas con tu bombardeo mediático sobre sus cuerpos y de paso, dejes en paz el mío.

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Texto por Karla Arias. 

Ilustración de Sofia Muñiz.

Corrección de estilo por Katya Sánchez.