Texto por Gabriela Nava | Ilustración por Dina López

El incendio de la catedral de Notre Dame ocurrido el pasado 15 de abril generó varias opiniones, además de poner en evidencia la desigualdad monetaria del planeta: el conglomerado LVMH (al que pertenecen casas de moda como Louis Vuitton, Dior, Céline, Fendi, Kenzo, Givenchy y Marc Jacobs), propiedad de Bernard Arnault, el tercer hombre más rico del mundo, donó 200 millones de euros para la reconstrucción de la catedral.

De acuerdo al periódico El País, en menos de veinticuatro horas ya se habían recaudado alrededor de 500 millones de euros: la familia Bettencourt Meyers, dueña de L’Oreal donó 200 millones de euros a través de su fundación, Henri Pinault, dueño de otro conglomerado de moda, Kering (al que pertenecen marcas como Alexander McQueen, Balenciaga, Saint Laurent y Gucci), también hizo una donación de 100 millones. 

Lo anterior nos obliga a pensar en la responsabilidad social empresarial: ¿hasta que punto está obligada una empresa a ser socialmente responsable? Técnicamente, hablamos de su dinero y ellos pueden hacer con ello lo que quieran, es decir, pueden elegir entre repartirlo entre sus trabajores y generar condiciones laborales dignas a lo largo del planeta, o convertirse en mecenas del arte y la cultura mundial.

¿El fin justifica los medios? Es una pregunta inevitable que nos debemos de hacer sobre todo cuando todas estas donaciones serán deducidas de impuestos. La realidad es que la industria del lujo ha sabido posicionar una imagen de producción de artículos artesanales y de excelente calidad. No puedo pensar Louis Vuitton y no imaginar el vídeo que circula en facebook de un anciano artesano cortando la piel, moldeándola y cosiendola hasta dejar un bolso que puede ser considerado una obra de arte; sin embargo, esta imagen es difícil de comprobar cuando no se ve con completa transparencia cada una de las partes de la cadena de producción y distribución de la marca (o de cualquier otra). 

Pero siguiendo con Louis Vuitton, en 2017 el periódico The Guardian reveló que la firma manufacturaba sus zapatos en una fabrica en Transilvania para después, simplemente, ser etiquetados en Francia para tener el famoso «made in». Un año después The New York Times publicó la historia de las costureras italianas que percibían un sueldo de apenas 1 euro por coser distintas prendas para marcas como Max Mara, Fendi y Louis Vuitton, sin contrato o seguridad social. 

No estoy sugiriendo que no deberían de haber donado para la reconstrucción. Finalmente, Notre Dame es un emblema de la ciudad de París y de la cultura occidental, un monumento histórico invaluable. Sin embargo, no podemos evitar cuestionarnos su responsabilidad social. La responsabilidad social no debe ser moderada, las empresas le deben al mundo y a la misma sociedad su posicionamiento y riqueza. Pero la retribución a la sociedad no es obligatoria, no esta marcado por la ley y desafortunadamente, en los países donde se exigen estas prácticas responsables, como se ha visto, hay empresas que no son responsables con sus mismos empleados.

Mi padre me dijo «así es como la economía trabaja, cuando tú tengas tu empresa y debas de sostenerte, dime si vas a regalar el dinero». La verdad es que me puso a pensar, si soy el dueño de una empresa ¿cuánto es suficiente? ¿cuánto tengo que ganar para que no pese ni me duela darles buenas condiciones de trabajo a mis trabajadores? o ¿cuánto tengo que ganar para que no pese donar al gobierno para reconstruir un edificio en lugar de darles buenas condiciones de trabajo a mis trabajadores? ¿cuánto dinero necesitaría yo para ser feliz? y me preguntó si Bernard Arnault (y Salma Hayek) ya consiguieron ser felices.