Texto por Anahí G.Z. | Ilustración por Cut, Paste and Speak!

I. Monstruosidades

Estoy recostada sobre el suelo de la cocina tratando de concentrarme en el libro que pego a mis narices. Afuera, en las calles de mi añeja colonia, suena la famosa rola de Vivi Hernández: “Bailaba la llorona en los brazos de Aquaman y Drácula volaba al compás del chacha cha”. El ritmo se sacude en mi cerebro y mis brazos se contonean con los sonidos. Entre que sí y que no, me decido por taparme las orejas para seguir en lo mío, es entonces cuando leo: “Su alma estaba aún conturbada y deprimida por la sombría monstruosidad de Dublín”. A continuación, me quedo paranoicamente enganchada con la palabra “monstruosidad”. Y no, no es broma.

Seguro que Joyce tenía una idea muy clara de lo que buscaba expresar cuando se sentó a escribir esa línea. Con todo, en mi cabeza las imágenes vagan una tras otra en un estúpido peregrinar de ideas. En lo íntimo de mi alucinación sé que a los seis años los monstruos eran lagartijas gigantes que se escondían bajo mi cama. Cuando cumplí veinte la cosa había cambiado mucho; el monstruo era narco y tenía el copete de Peña. Luego,  dándole más vueltas al asunto, comprendí  que aquí en mi Méjico mágico lo monstruoso es una mujer indígena en la industria del cine internacional, un hombre al que le gusta usar faldas, una morrita que se saca las tetas para protestar. ¡Qué horror!  En lo cotidiano los monstruos están representados por los cuerpos que salen del prototipo, que se levantan todos los días para pintarse los labios de escarlata y vivir en un país donde su diferencia significa muerte.

Si hay monstruo, el resto se transforma y se desestabiliza.

¿Quién será el monstruo? Pilar Pedraza opina que el  monstruo es quien habita en la frontera de lo abyecto y lo inorgánico. Ella pone sus esfuerzos en la corporización de la vieja bruja: una mujer desnuda que resulta repugnante porque es infértil,  porque obedece únicamente al deseo de su carne; una hembra que se consume en su sexo por puro placer.  Pilar sostiene: la imagen de la vieja desnuda, aunque su desnudo sea parcial, mínimo, es un tabú, un significante diabólico, emparentado con lo negativo, inestable y evocador de los aspectos más siniestros de lo dionisiaco. Aquellos que no se muestran consumibles, que no se alinean,  son percibidos como sujetos satánicos, rebeldes y, por lo tanto, una falla que debe ser eliminada. Los anormales son quienes eligieron nombrar con sus tejidos un modo de existir diferente: ese es el pecado insoportable de la negritud, del homosexual y de la mujer-bruja-histérica.

En este punto de mi debraye no hay nadie mejor para sacarme del embrollo que Donna Haraway con su radicalismo espacial: ella cimentó un monstruo quimérico sobreviviente de  lo limítrofe; un monstruo-border, el hijo bastardo del capitalismo que le dio la espalda a su padre. Haraway opina que en medio del posthumanismo con sus novedosas estrategias de control, es necesario usar las nuevas tecnologías para contrarrestar los embates que buscan homogeneizarnos en una identidad robotizada.

La autora propone crear ciborgs ilegítimos que cambien las reglas del juego, que inviertan los papeles y rompan las matrices de dominación para crear nuevas geometrías.  Pa’ pronto,  Donna plantea la creación de una raza monstruosa guiada por la imagen de la Malinche. En sus propias palabras: un cuerpo ciborg no es inocente, no nació en un jardín: no busca una identidad unitaria y, por lo tanto, genera dualismos antagónicos sin fin.

Por eso mi trastorno favorito radica en los ciborgs monstruosos, seres que se construyen a través de las fusiones entre la máquina, lo humano y el animal. Un ejemplo claro es Matieres Fecales (Materia fecal); un dúo de diseñadores que incomodan al mundo de “los buenos ciudadanos” con sus looks  alienígenas. Ellos se agarran recios de su cuerpo-cuerpa y usan su pasión por la moda para gritar en nombre de la diferencia, de aquello que no aparece en las portadas de Vogue. Sin cejas y con las cabezas rapadas caminan por avenidas donde la gente les insulta, les escupe. Su apuesta transgrede los cánones clásicos de belleza.  Como bien aúlla Susy Rock:

Reinvindico mi derecho a ser un monstruo

que otros sean lo Normal

El Vaticano normal

El Credo en dios y la virgísima Normal

y los pastores y los rebaños de lo Normal

el Honorable Congreso de las leyes de lo Normal

el viejo Larrouse de lo Normal

Carajo, que suene Divine con Shake it up, que gima Julia Pastrana, que nuestras periferias ardan con su lumbre, que las pieles prietas les amarguen la comida en el Sanborns, que nuestras lonjas se adueñen de sus pasarelas… El monstruo se infiltra por todas partes, lo atesta todo con su bramido.

Ahora me sale al paso el filósofo italiano Antonio Negri, quien en su texto El monstruo político: vida desnuda y potencia, le dedica unas líneas bien densas al tema en cuestión. Él asegura que el monstruo revierte la eugenesia del poder; este término se refiere a la imposición de lo “bien nacido”, lo bueno y lo bello. No es complicado comprender que muchas de las grandes marcas fashionistas sirven de instrumento para mantener la eugenesia tradicional: la industria llena cada rincón de seres maleables, blancos y fitness ¿Y los demás cuerpos? Quedan relegados a los espacios del olvido, de lo “exótico”, de la extrañeza,  de la enfermedad.

Terrible observar como inclusive se sirven de cuerpos morenos para revestirlos con los símbolos de la blanquitud o, por el contrario, simplemente se apropian de expresiones culturales que luego vacían de significado, tal como lo hizo Carolina Herrera con algunos bordados tradicionales o el grupo Inditex manufacturando playeras supuestamente “feministas”. Estos son los intentos del poder para digerir a los monstruos y emplearlos a su favor.

La resistencia monstruosa se concibe a partir de la concientización del Yo monstruoso y del sufrimiento. Negri defiende que el monstruo biopolítico sólo es posible cuando cada individuo comprende que debe resistir: será tanto más monstruoso cuanto más desarrolle esta toma de conciencia. Para abaratar las potencias colectivas las estrategias disciplinarias añoran desnudar a los individuos, dejarlos en la miseria, hundirlos en un vacío de identidad.  Pues bien, habrá que asistir a la resistencia monstruosa que habita  en la antimoda, en la emergencia, en las obras que McQueen heredó a la posteridad; habrá que darle la espalda a la tendencia que añora uniformar cuerpos para unificar mentes.

En una especie de aullido, Negri le recuerda a sus lectores que los grandes personajes de la historia nunca estuvieron desnudos, a menos que fuese para testimoniar su libertad: más bien, nuestros héroes estaban cubiertos de pasiones, con la piel gruesa de su potencia… estaban vestidos, a veces hacían moda y música… no podían en todo caso estar desnudos porque llevaban encima demasiada historia. Emanaban historicidad.

Las prendas hablan de violencia, de identidad, de lucha. Cada hilo es político. El vestir monstruoso se materializa en el traje tradicional del pueblo originario, en la prenda creada por mano propia, en los pantalones holgados del cholo, en el sombrero del pachuco, en los parches del punk. El monstruo está en Jaime, al que golpearon por usar vestido y aun así lo siguió usando. Los monstruos se construyen en la hibridación, se atragantan con lo limítrofe, con lo aberrante para el patrón, con lo pecaminoso para el patriarca. Lo monstruoso está aquí y pelea. Llega el tiempo de la historia contada por los monstruos, por sus transfiguraciones….

Cuando nos descubrimos ante el monstruo, no queda más que palpitar al unísono con la multitud; con las monstruas, fieras, hembras disidentes; con las dislocaciones de Westwood; con el ardor de Adut Akech; con el valor de Alberto López y su arte tzotzil. Creo que Joyce también era monstruo, igual que Vivi Hernández y su Llorona bailadora. La próxima vez que me corte la greña y alguien me diga: “te ves monstruosa”, en lugar de achicopalarme le voy a sonreír. Evoco a la bruja cósmica. Reivindico mi derecho a ser un monstruo.

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Anahí G.Z. (Estado de México, 1996) es escritora, periodista y performer feminista. Le interesa la moda, bailar los fines de semana, la geopolítica y escuchar a David Bowie 24/7. Tiene un blog personal de reciente creación llamado Lesbos intergaláctica, donde explora su intimidad a través de una perspectiva feminista. Su columna Ojo Eléctrico aparece de manera bimestral en Melodrama.