Texto por Anahí G.Z. | Ilustración por Alfonso Morales Volcanes

Collage por Ricardo Alfonso Morales Volcanes.

II. Mi vestido púrpura en tiempos de pandemia.

(Llegará el día) cuando el vestido, alejado de los mandatos autoritarios de la moda,
recupere el ejercicio del ritual y, por lo tanto, entable con el cuerpo un discurso diferente.
Un cuerpo y un vestido que en armónico lenguaje visual recuperan la expresividad y las
emociones.

– Susana Saulquin

En plena cuarentena decidí mirarme al espejo; el reflejo me devolvió la imagen de una mujer irreconocible, ajena de sí, pálida, con el cabello enredado y unas ojeras que evidenciaban su insomnio. Era uno de esos días mudos; era uno de esos días que más valdría no levantarse de la cama; era uno de esos días que se asemejan a un velorio. Quería tirarme al suelo y llorar. No lo hice. En cambio, me desnudé, abrí mi closet con un gesto desesperado; saqué toda la ropa, la dejé tirada en el suelo y luego me vestí. Elegí mis prendas favoritas, contemplé sus colores y sentí como la tela rozaba mi cuerpo. Después de varios minutos, ya con un viejo y largo vestido púrpura puesto, me observé de nuevo. Me reconocí.

Marshal Mcluhan decía que la ropa es una extensión de la piel, por lo tanto los “límites” del cuerpo trascienden los aspectos biológicos y el vestido, más que un simple objeto vacío, se ha vuelto parte esencial del cosmos individual. La vestimenta entonces es una prolongación del Yo. Sin duda mi prenda púrpura hacía más que sólo cubrirme del frío.

Absorbida por el encierro, angustiada por las noticias, me olvidé completamente de mí: dejé a un lado los aspectos diarios que me hacían ser quien soy, me ignoré para sumirme en el nerviosismo y la ansiedad. En medio de mi crisis dominguera, con un montón de ropa en el suelo, recordé que el vestirme siempre ha sido uno de mis rituales más íntimos. Tomé ese
vestido púrpura porque es muy significativo; en sus mangas abullonadas recuerdo a mi abuela, en su color encuentro a la niña que fui, en su vejez alcanzo a vislumbrar la figura de quien me lo obsequió.

No se trataba de “ponerme algo”, sino de revestir un cuerpo adolorido y arroparlo con una prenda cargada de emociones y expresividad. Susana Sualquin piensa que vestir es una ceremonia de comunión con uno mismo y que con ello se provoca un enlace con el Yo profundo. Esto supera el adoctrinamiento de la moda hegemónica, no tiene nada que ver con las tendencias comerciales o con una marca prestigiosa; está ligado directamente con la carga simbólica que el sujeto le da al vestido, con la construcción honesta de una identidad, con el cuidado del cuerpo como territorio propio.

Desde sus inicios, en el siglo XlV, la moda fungió como un instrumento para el control de las masas. Además, la sociedad industrial convirtió al vestido en un objeto seriado y al cuerpo en un adorno. Para conveniencia del capitalismo, se generó una radical separación entre el vestido y el cuerpo, así el primero no tenía nada que ver con lo que la persona sentía de sí misma y, al tiempo, uniformar a los individuos se volvió una tarea tan simple como los chistes de Eugenio Derbez. El filósofo Edgar Morin opina que este proceso, además de generar un cuerpo democratizado, estandarizado y simplificado en sus formas, dio paso a un cuerpo totalmente fragmentado.

De acuerdo con Saulquin, en un panorama general, el cuerpo está subyugado bajo la supremacía de poder de un vestido conformado según las tendencias de la moda. El individuo es minimizado bajo prendas incomodas que le reducen a mero soporte, y además se estructura un discurso para decirle a la gente que pensar en moda es “estúpido”, que la
ropa es un objeto desechable sin ningún valor simbólico; así es como la industria pone manos a la obra para homogenizar a la población y para crear mercancías insulsas que les llenan los bolsillos de billetes.

Entonces hacen sentido todas esas prendas fastidiosas, asfixiantes, que limitan el movimiento, que ni siquiera permiten respirar naturalmente. Bajo esas ropas la persona no existe. Cuando era pequeña mi madre me ponía horribles vestidos ajustados, llenos de holanes, con crinolinas y unas zapatillitas que me hinchaban los pies. Una cosa espantosa, sin ningún significado para mí, sin embargo, funcional para la convención, ideal para esos eventos aburridos donde todo el mundo se engominaba la cabeza con quién sabe cuántos líquidos de dudosa procedencia.

Vivienne Westwood, al notar toda esa mierdecilla, decidió diseñar a partir de un discurso subversivo bien sostenido y optó por parodiar los elementos que usaba la moda tradicional para comprimir el cuerpo, principalmente el de las mujeres. Ella acortó faldas, dotó de libertad las extremidades antes inmovilizadas, introdujo crinolinas en los trajes masculinos y llevo las prendas militares a los diseños femeninos, burlándose claramente de las divisiones genéricas en la moda. En palabras de Carmen Abad-Zardoya:

Westwood se sirvió de polisones y otros ́instrumentos de tortura ́ del Ancien Régime para invalidar la moda como lo que tantas veces fue –o así se ha interpretado– a lo largo la historia: un medio de represión y un signo visible de incapacitación, tanto física como espiritual.

En su momento histórico, Madame Paquin, Coco Chanel y Paul Poiret también realizaron esfuerzos para volver a ritualizar el vestido y así gestar una conexión entre la prenda y el cuerpo.

Roland Barthes tenía muy claro todo este rollo, por ello cuando le preguntaron cuál había sido la razón que lo orilló a escribir El sistema de la moda, él respondió:

El vestido es uno de esos objetos de comunicación como la comida, los gestos, los comportamientos, la conversación, que siempre me produjeron una gran alegría cuando los analicé porque, por una parte, poseen una existencia cotidiana y representan para mí una posibilidad de autoconocimiento en el nivel más inmediato puesto que en esas actividades cargo afectivamente mi propia vida.

Como el tío Barthes lo aseguró, el vestido entrega la posibilidad de autoconocimiento. No sólo es vestirse, es reconocerse ante el espejo, asimilar la carne, enfrentarse al cuerpo propio, a las pulsiones, a los dolores, a las llagas que se esconden bajo la máscara y APARECER con todos los matices. Sí, a través de las prendas elegidas por convicción, no
por presión, no solamente aparezco ante los Otros, sino también ante mi misma. Está claro que ritualizar el vestido, dar pie a los ceremoniales cotidianos que me re-ligan con quien soy, es también una forma de explorarme, de volver a enlazar al vestido con mi expresividad y con ello retar, aunque sea un poco, a la fragmentación posmoderna.

Por eso, en medio de mi habitación, con montañas de ropa en todas partes, recordé cuando vi ese vestido púrpura: estaba de oferta, la tela brillaba y la gente lo manoseaba sin prestarle atención. Al notar mi rostro sorprendido, mi madre, en una muda complicidad, lo tomó y me lo compró. Los vestidos largos como ese siempre me han gustado porque una de las mujeres más importantes en mi vida los usaba en las fechas especiales, sobra mencionar
que su color favorito era el púrpura. Cuando ella murió empecé a coleccionarlos.

No es un simple vestido púrpura, forma parte de mi ritual secreto, es la prenda que me ayuda a emerger cuando la vida se me viene encima.

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Anahí G.Z. (Estado de México, 1996) es escritora, periodista y performer feminista. Le interesa la moda, bailar los fines de semana, la geopolítica y escuchar a David Bowie 24/7. Tiene un blog personal de reciente creación llamado Lesbos intergaláctica, donde explora su intimidad a través de una perspectiva feminista. Su columna Ojo Eléctrico aparece de manera bimestral en Melodrama.