Texto por Rebeca Leal Singer | Collage por América Uribe

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Mi abuela es la persona más sabia que conozco. Algunos de los consejos que me ha dado han resonado en mis oídos durante años, como el eco de una campana enorme que se oye desde la torre más alta hasta la cueva más escondida. E incluso, cuando he querido dejar de escucharla, sus palabras vuelven a mí en los momentos menos esperados. Sin duda, uno de los mejores que me ha dado es: “Vístete siempre de acuerdo con el clima”. No es un consejo menor.

Si mi abuela fuera insoportable, cosa que afortunadamente no es, me hubiera dicho lo siguiente: “Aristóteles menciona en el libro I de la Ética Nicomáquea que la virtud suprema es la prudencia”. En lugar de eso, sus palabras reales fueron: “No te pongas ese vestido de terciopelo en Acapulco porque te vas a ver mal”. Aquí podemos observar un claro ejemplo de cómo la ética se antepone a la ciencia y de cómo la práctica siempre antecede a la teoría.

Cuando mi abuela me dijo: “Te regalo este pañuelo extremadamente viejo y con muchísimo valor sentimental pero cuídalo por favor” pienso que no se refería precisamente a que me lo pusiera para ir a la tocada de mis amigos en un antro sucio y decadente en el centro. Sin embargo, después de perderlo en esa misma fiesta, de darme cuenta al día siguiente y de lamentarme profundamente vía dos Advil y un Electrolit, logré comprobar empíricamente (es decir, mediante hechos y pruebas) que si te regalan un pañuelo, que tu bisabuela logró traer desde Polonia huyendo de la ocupación Nazi, es mejor reservar su uso para momentos especiales.

En aquella ocasión, como en muchas otras, lo que me faltó fue frónesis, es decir, mesura, es decir, prudencia, es decir, saber distinguir entre cada situación y saber comportarme de acuerdo a lo que cada una requiere. Aristóteles definía la frónesis como: “aprender a hacer lo correcto en el momento correcto”.

Saber hacer lo correcto en el momento correcto no es fácil. De hecho, para Aristóteles la frónesis era una sabiduría práctica que se desarrollaba mediante la experiencia propia, o bien, por medio de preguntarle a alguien que ya se hubiera equivocado en la misma cosa. Además, para logar saber cómo comportarse correctamente, era necesario tomar una decisión: de entre las muchas o pocas opciones posibles, había que elegir la indicada.

El filósofo llamaba a este proceso “deliberación”. Él decía que solo podíamos deliberar sobre lo que estaba en nuestro poder: no podíamos elegir que el sol se metiera o que la luna saliera, pero si podíamos elegir si ponernos o no una falda en un día caluroso para sentarnos en un sillón de cuero del cual después sería muy difícil levantarse. La verdad es que esto último lo digo yo y no Aristóteles aunque creo que no hacía falta aclararlo.

Alguien que definitivamente acertó en su proceso de deliberación fue el diseñador belga Dries Van Noten. Él descubrió una manera para hacer que la seda se utilizara en la ropa común y corriente (al menos en occidente esta tela solía usarse exclusivamente en la ropa elegante). Esto sucedió en la década de los noventa, cuando Van Noten iba a presentar una colección hecha enteramente de seda, pero se dio cuenta de que su muestra era más bien de ropa casual, pensada para usarse durante el día y que, por lo tanto, la tela no correspondía con el estilo de sus atuendos.

Entonces, Van noten tuvo que deliberar. Si él quería que su ropa fuera “prudente” (en este caso por “prudente” me refiero a que la ropa se pudiera usar en el día), entonces debía hacer algo con respecto a su elección de tela. Lo que hizo en realidad fue muy sencillo pero no por ello menos genial: metió toda la ropa a la lavadora y dejó que ésta se arrugara. Las arrugas le dieron a la seda una apariencia desaliñada, y voilá, ahora tenía ropa de día.

Hasta este momento he dicho que la frónesis es una virtud: la virtud de saber actuar adecuadamente. Sin embargo, aún me falta mencionar que para tener frónesis también es necesaria otra cosa: buscar el punto medio. Si no hay un equilibrio, entonces no hay virtud y si no hay virtud, entonces lo que tenemos es un vicio.

Recuerdo que hace poco leí un artículo en Vogue o una entrevista o algo así donde la modelo inglesa Alexa Chung confesaba que su prenda favorita eran los shorts de mezclilla y que se los ponía en casi cualquier circunstancia. Esos escenarios incluían paseos en la nieve y vuelos trasatlánticos de más de once horas.

Yo no soy nadie para juzgar a Alexa Chung pero tal vez la filosofía griega sí lo sea. Después de todo, para los pensadores de aquel tiempo, la frónesis no solo era prudencia, sino también moderación. La moderación, que mantenía un vínculo cercano con las sensaciones del cuerpo, tal vez podría ser interpretada como “no utilizar la maldita misma prenda para todas las situaciones” debido a que eso sería caer en un vicio: el vicio del exceso.

Si bien es posible decir que Alexa Chung no encontró el punto medio de la filosofía griega en cuanto al uso de los shorts de mezclilla, afortunadamente existe el caso de otra modelo que sí lo logró. Esa modelo fue nada más y nada menos que Kate Moss.

Antes del año 2005, las botas de la marca Hunter eran utilizadas únicamente por los pescadores del Reino Unido. Pero un buen día, Kate Moss se hartó de la lluvia y del lodo y se las puso. Las combinó con unos shorts de mezclilla y se llevó todo el conjunto a un festival de música. El público en general coincidió en que Kate Moss era la mujer más inteligente que hubiera pisado el planeta tierra al encontrar semejante ejemplo de equilibrio, punto medio, mesura y prudencia en griego, español, inglés y latín. Después de todo, su invención cumplía con el principio canónico sentenciado por mi abuelita: “vístete de acuerdo con el clima”.

Me niego rotundamente a pensar que hay que seguir reglas para vestirse. Sin embargo, no se me ocurre un solo ejemplo de un caso en el cual el consejo de mi abuela no aplique. Así, comprendo que he llegado a una contradicción, la reconozco y la acepto. Estoy segura de que seguiré equivocándome: llevándome sandalias de plataforma para caminar en los empedrados, usando calcetines cortos con botas Dr. Martens, alaciándome el pelo en temporada de granizo, acariciando efusivamente a los perros cuando traiga ropa negra y poniéndome mallas aunque sepa que conviviré con gatos de uñas largas…Supongo que pasa lo mismo con Aristóteles que con las abuelas: sabemos que deberíamos escucharlos pero siempre nos creemos más listos que ellos.

No lo somos.

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Rebeca Leal Singer (Ciudad de México, 1994) es poeta, escritora y entusiasta de la moda. Estudió filosofía en la Universidad Iberoamericana y actualmente trabaja en la Editorial Almadía. Su objetivo en la vida es hacer que las cosas complicadas se vuelvan sencillas. Su columna «Platón en pants» aparece de manera mensual en Melodrama. Puedes leer entradas pasadas aquí