Texto por Rebeca Leal Singer | Collage por América Uribe

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Dicen que el tiempo es el único juez. Dicen que hay cosas que nunca, nunca pasarán de moda. Dicen que el sol sale, la luna se mete, la bolsa Chanel 2.55 existirá para siempre. Dicen que nada de estas cosas tan “frívolas” realmente importa. Al menos eso es lo que dicen…

Pero lo que dicen resulta ser tan contradictorio a veces…es interesante ver cómo, por lo general, es precisamente aquella persona que califica de “superficial” y de “fútil” a la moda,  quien también en muchas ocasiones no está desnuda mientras pronuncia estas palabras. Es muy interesante ver también cómo quienes la invalidan y le adjudican un carácter de insustancialidad, probablemente esa misma mañana pasaron al menos un par de minutos eligiendo su atuendo. Todas y todos debemos vestirnos diariamente y por lo tanto, pensamos en la moda. Sin embargo, parecería como que los peyorativos hacia ella aún no son del todo erradicados.

Tal vez el problema se encuentre en la confusión entre la palabra moda y la palabra tendencia. Sí, eso debe ser. Frecuentemente se utiliza a ambos términos de forma indistinta, lo cual es un error muy grave. Por un lado, la palabra moda viene del francés mode: es un término estadístico, aquello que se repite con el tiempo. Por otro lado, la palabra tendencia nos remite a una inclinación: es dirigirse hacia una cierta dirección, con un cierto grupo de personas y en un cierto momento.

Así, las tendencias pasan, como el agua de un río en temporada de lluvia. La corriente acaudalada se las lleva y por el contrario, la moda se queda. Las tendencias son efímeras mientras que la moda es un concepto permanente. Casos como este nos recuerdan que siempre hay que tener mucho cuidado con las palabras: una cosa es vivir con una preocupación constante por la ropa que se usa en cierta temporada (y seguir las novedades de ese mundo con avidez) y otra muy distinta es elegir comprar o portar cierta prenda y tomar en cuenta la preferencia personal así como las implicaciones sociales y políticas que conllevará el hacerlo.

En ese sentido, una cosa es despreciar la inmediatez, el afán por la novedad, el deseo desplazado y por lo tanto, eternamente insatisfecho que implica seguir una tendencia. Otra cosa muy distinta es considerar que el fenómeno de la moda es una tontería en su totalidad sin antes conocer su enorme profundidad y alcance. Sería simplemente equivocado ignorar esta facultad de alcance y eludir su monumental influencia, ya que la moda, en tanto que tecnología, siempre ha tenido la posibilidad de transformar radicalmente a la sociedad. Así, y para sostener este último punto habrá que remitirse a la autoridad máxima en materia de moda y revolución: Coco Chanel, por supuesto.

Desde sus primeros años, Gabrielle “Coco” Chanel demostró una  admirable capacidad para coser. Este oficio, que aprendió y cultivó en el tiempo que vivió dentro de un orfanato en Saumur, Francia, la llevó eventualmente a adquirir un gusto por la creación de sombreros. Abrió su primer boutique en la Rue de Cambon, Paris en el año de 1910 y continuó abriendo tiendas a lo largo y ancho de Francia, donde eventualmente comenzó a diseñar vestidos. Fue así cómo llegó su primer gran éxito, cuando creó un vestido a partir de un suéter en un día frío. Tan fácil como eso.

A partir de ese momento y hasta  el final de su vida,  Chanel continuó creando piezas que muchos consideran ser, a la fecha, auténticas innovaciones y parteaguas, aunque para otros quizás sean más bien asuntos superficiales. Entre sus contribuciones se encuentran pequeñas cositas insignificantes, inútiles y vanas tales como la invención del pantalón femenino, el cual simplemente concedió una nueva dimensión de posibilidades para las mujeres y cambió drásticamente la historia de la humanidad como la conocemos ahora.

Resulta incluso extraño imaginar un mundo en el cual las mujeres no utilizaran pantalones. Al menos en occidente resulta casi ridículo. Casi tan ridículo como un mundo donde las mujeres siempre tuvieran una de sus dos manos ocupadas, donde tuvieran que cargar un objeto en todo momento, y por lo tanto, se encontraran parcialmente inhabilitadas para realizar acciones completamente cotidianas. Por más ridículo que suene, antes de Coco Chanel, el mundo era así. Antes de que ella inventara la bolsa 2.55, la primera bolsa con asas, las manos de las mujeres estaban llenas.

Y así, en un lapso de tiempo tan corto como el que toma abrir un broche, las manos de las mujeres se liberaron para siempre. Manos libres, soberanas, manos para tomar una pluma, por ejemplo, manos libres, soberanas, manos para trazar una “X” en una boleta, quizás, manos libres, manos libres y la historia contó el resto.

Georges Didi Huberman, filósofo francés que se encuentra en tendencia últimamente (favor de notar el uso del término tendencia y no moda y darle un aplauso a la autora de este texto) lo describe muy bien. Él argumenta que si bien es cierto que nosotros vemos a los objetos, también es cierto que los objetos nos miran a nosotros de regreso. Para este autor, ver es perder, mirar equivale a una pérdida: cuando nosotros vemos una cosa, ésta nos mira a nosotros porque la manera cómo la interpretamos nos devuelve una significación.

De acuerdo con Huberman, nosotros vemos algo, sin embargo, lo que nos mira es otra cosa y esa cosa impone un adentro. Se trata de un adentro como el adentro de un jarrón. Lo que hace que un jarrón sea un jarrón es el hecho de que cuenta con un espacio vacío, un espacio para colocar algo. Así, el acto de ver nos remite a un vacío: ver es perder. Huberman nos remite al ejemplo de la tumba, donde el vacío es representado por medio de una piedra. Nosotros vemos solamente un pedazo de masa, pero lo que nos mira de regreso es la idea de la muerte.

La idea de Huberman resulta sumamente interesante como noción para analizar a la moda. Si aceptamos esta línea de argumentativa y observamos atentamente ciertas prendas, tales como la bolsa 2.55 o los pantalones, por ejemplo, tal vez notaremos como es que ellas también nos miran a nosotros. Tal vez notaremos que sin su invención, las cosas serían muy distintas a como son ahora. Tal vez el significado que nos devuelva la interpretación tenga un peso mayor, irrefutable.

Dicen que el tiempo es el único juez. Dicen que hay cosas que nunca, nunca pasarán de moda. Dicen nada de estas cosas tan frívolas realmente importa. Tal vez no siempre hay que escuchar lo que dicen…

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Rebeca Leal Singer (Ciudad de México, 1994) es poeta, escritora y entusiasta de la moda. Estudió filosofía en la Universidad Iberoamericana y actualmente trabaja en la Editorial Almadía. Su objetivo en la vida es hacer que las cosas complicadas se vuelvan sencillas. Su columna «Platón en pants» aparece de manera mensual en Melodrama. Lee entradas pasadas aquí