Voy a pilates, por mi matcha y luego existo: la esencia marcada desde el consumo en el siglo XXI
Texto por Diego Salvatierra ★
El siguiente texto es una transcripción de la ponencia del mismo nombre impartida el pasado 1 de diciembre de 2025 en el Coloquio de Moda, Interdisciplina y Crítica organizado por Melodrama y llevado a cabo en las instalaciones de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Puedes ver la ponencia aquí.
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I. Introducción
Un problema recurrente dentro de la filosofía es la demostración de la propia existencia. El sujeto se enfrenta a un mundo que siempre está cambiando y mutando; cuando parece que finalmente se tiene certeza acerca de las cosas, la realidad cambia y volvemos a caer en la incertidumbre. Esta incertidumbre nos lleva a dudar de nuestra propia naturaleza, lo que nos lleva a buscar una demostración de nuestra misma existencia. En este proceso de cambio tenemos que entender quienes somos en primer lugar, para después entender el mundo que nos rodea.
La modernidad da una respuesta útil a este problema por medio del cogito cartesiano, una simple operación que nos permite concluir nuestra existencia: pienso, luego existo. Este garante filosófico nos permite entender que nuestra capacidad de entender la realidad y el mundo nos sirve para constatar nuestra existencia. La misma posibilidad de entender el mundo es una demostración de la existencia. Nosotros estamos configurados de tal manera en que el mundo nos sea cognoscible.
La esencia, en filosofía, había sido la vía para definir quienes somos. Lo que uno es se entiende sólo desde la esencia. Descartes pensaba en el ser humano como un ser esencialmente racional, por ello, pensar nos permite constatar nuestra existencia. Desde la antigüedad, hasta fines del Siglo XIX, la esencia matizaba la existencia de las cosas. Sin embargo, la llegada del existencialismo presenta una ruptura con este paradigma.
En la Francia del Siglo XX, la categoría de esencia se pone en jaque y en su lugar se postula a la esencia como el verdadero eje de la discusión filosófica. El ser racional que Descartes presenta se pierde con la llegada del existencialismo, que primero pone a la existencia por encima de la esencia. Esto significa que lo que nosotros somos se entiende sólo desde las acciones que todos los días llevamos a cabo. Al actuar, vamos develando nuestra esencia. El existencialismo pone énfasis en la existencia y la acción para luego darnos el mandato de vivir de manera auténtica.
Las acciones que todos los días llevamos a cabo nos definen; anuncian nuestros valores y principios frente a la sociedad. Con el tiempo la existencia ha sido reemplazada por otro principio: el consumo. La manera de afirmar nuestra existencia frente a otros es por medio del consumo; demostrar que estamos al día con las últimas tendencias y que las consumimos. En lugar de atender aquellos temas que nos son más cercanos, preferimos emular las realidades ofrecidas por las redes sociales para evitar el enorme peso de vivir libremente.
A lo largo de este texto pretendo ahondar en la tesis fundamental del existencialismo –la existencia precede a la esencia– para explicar cómo el espacio de la existencia es reemplazado por el consumo. Autores cómo Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir abogan por una existencia auténtica, por lo tanto, uno debe aceptar la libertad y agenciarse de su vida. En el panorama contemporáneo, esta idea es socavada por el consumo, que nos presenta la necesidad por consumir constantemente cómo la vía para afirmar nuestra existencia.
II. El existencialismo y el problema de la mala fe
La mayor parte de la tradición filosófica ha presupuesto la primacía de la esencia por encima de la existencia. Los objetos en el mundo y los fenómenos causados por éstos se explican por una esencia que define lo que son. El mundo físico termina supeditado a un proyecto metafísico que lo puede explicar. Sin embargo, a lo largo de la historia múltiples autores cuestionaron este sistema.
Uno de los principales referentes a esta corriente de pensamiento que –cuestiona la metafísica y el papel de la esencia– es Friedrich Nietzsche.
La metafísica se entiende cómo el modelo que permea en nuestra realidad material y matiza cómo es ésta; éste sólo es asequible para aquellos que son sabios y virtuosos. Mientras progresa esta tesis, se demuestra su naturaleza insostenible, pues la existencia de este modelo metafísico se va volviendo más indemostrable, al grado en el que finalmente colapsa. Esta caída deja al sujeto en este mundo material que antes se definía desde la inmanencia, pero ahora se explica desde el sujeto. La voluntad es lo que constituye y nos dice que son las cosas.
Esta primera crítica al concepto de esencia –y a la metafísica, en general– dio paso al desarrollo del existencialismo. La premisa central de esta corriente filosófica se reduce a la idea de “existencia precede a la esencia”. Contrario a los modelos filosóficos anteriores, la existencia es aquello que matiza quiénes somos, nuestra “esencia”. El existencialismo critica la falta de compromiso que los otros modelos y corrientes filosóficas tienen con la vida y la libertad. Al postular esencias, uno puede desentenderse de su propia vida; quién soy yo está determinado por algo ajeno a mi.
Este desinterés por atender la libertad y esta actitud esquiva frente a la vida se explica por medio de la “mala fe”. Múltiples autores abordan este fenómenos y sus ejemplos desde distintas perspectivas. En el caso de Jean Paul Sartre, la mala fe se entiende como una actitud en la que uno se miente a si mismo constantemente, para convencerse de que uno es aquello que no es y que uno no es aquello que es. Para Sartre, la mala fe es enmascarar una verdad desagradable o de presentar como verdad un error agradable. Simultáneamente, el sujeto es consciente del engaño que se comete y de la verdad que se posee; esto deviene en una contradicción en la que terminamos habitando. Se vive en un estado perpetuo de la mala fe.
Para Sartre existen sujetos que viven todos los días insertos en esta mala suerte. Esta mentira funciona, pues las personas viven atendiendo un ideal acerca de lo que deben ser y no aquello que son,
Esa máxima no formula simplemente un ideal del conocer sino un ideal de ser; nos proponemos una adecuación absoluta del ser consigo mismo como prototipo de ser. En este sentido, es preciso que nos hagamos ser lo que somos. Pero, ¿qué somos, pues, si tenemos la obligación constante de hacernos ser lo que somos, si somos en el modo de ser del deber ser lo que somos
El sujeto piensa en una versión idónea de lo que debe ser, en lugar de vivir su vida. La mentira perdura en tanto se apunta a este ser ideal que creemos que somos y que debemos ser.
Sartre personifica este ejemplo por medio de un mesero, que todos los días interioriza las reglas de etiqueta de su trabajo para convertirse en el mesero. El mesero juega con su papel de mesero para convertirse en él,
[e]n fin, he aquí que vuelve, queriendo imitar en su actitud el rigor inflexible de quién sabe qué autómata, no sin sostener su bandeja con una suerte de temeridad de funámbulo, poniéndola en un equilibrio perpetuamente inestable, perpetuamente roto y perpetuamente restablecido con un leve movimiento del brazo y de la mano
Las actitudes que el sujeto decide encarnar son lo que lo convierten en un mesero. La forma de ser de este se reduce a un cargo social que desempeña. Es un juego en el que el sujeto juega a ser un cargo para convertirse en él. Sin embargo, este juego deviene en un estado constante de fatiga; pretender ser algo lentamente cansa a la persona.
La manera en la que Sartre ve la posibilidad de superar la mala fe es por medio de la búsqueda de la autenticidad. La autenticidad se entiende como una capacitación de la libertad, la gratuidad y la injustificabilidad. Hay una aceptación completa y plena de la libertad. Se piensan en las acciones fuera de cualquier marco determinista o esencialista. El ser que somos no es estático ni se reduce a una definición fija, sino que alude a las acciones que todos los días desempeñamos; lo que somos depende de lo que hacemos. La autenticidad parte de las acciones que llevamos a cabo desde nuestras circunstancias particulares; reconociendo éstas de frente y sin eludirlas. El sujeto se define a partir de sus acciones, de lo que hace y desde el lugar en el que lo hace.
El tema de la mala fe no es exclusivo de Sartre, otros autores contemporáneos igualmente discuten este tema, pero con distinto enfoque. En el caso de Simone de Beauvoir, el tema de la mala fe se aborda desde la condición histórica de la mujer y su situación actual. La célebre frase de El segundo sexo de «No se nace mujer: se llega a serlo» nos indica que el sujeto al que denominamos mujer no es producto de un “eterno femenino”, sino de un constante quehacer que la posiciona como un sujeto subalterno. La mujer se define siempre en oposición al hombre; aquello que es la mujer es aquello que no es el hombre.
A lo largo de la historia, la mujer ha sido definida por medio de una “naturaleza”. Un elemento científico y otro cultural piensan a la mujer como alteridad. La noción científica de la naturaleza femenina la presenta cómo débil e inferior al hombre. La naturaleza funge como un vehículo de opresión, pues sus dimensiones positivas presentan la idea de la inferioridad femenina, pero desde argumentos y tesis científicas. Esta idea de naturaleza presenta una teleología en la vida humana. La mujer no puede pensar en alternativas a su vida como madre, sino que siempre se piensa como inferior al hombre. Esto es lo que imposibilita la acción libre.
Desde esta naturaleza, la mujer termina definiéndose a partir de aquello que el hombre piensa, necesita o desea. La utilidad es un eje mediante el cual la mujer, para Beauvoir, se convierte en un sujeto pasivo y servil,
Día tras día, la cocina le enseña también paciencia y pasividad; es una alquimia; hay que obedecer al fuego, al agua, “esperar a que se derrita el azúcar”, a que la masa suba y también a que se seque la ropa, a que las frutas maduren. Las tareas domésticas se asemejan a una actividad técnica, pero son demasiado rudimentarias, demasiado monótonas para convencer a la mujer de las leyes de la causalidad mecánica
Las tareas domésticas que las amas de casa desempeñan cotidianamente las convierten en sujetos pasivos e inactivos. En lugar de tomar agencia de su ambiente, se condicionan para estar encerradas en sus casas, pues piensan que eso es lo que naturalmente les corresponde.
Esta realidad pasiva en la que la mujer se define desde el hombre afecta su psique. Las mujeres se vuelven estoicas frente a la desolación y la violencia de su ambiente. Se vuelven tolerantes ante la inclemencia y violencia de los hombres. En lugar de cambiar las circunstancias, aprenden a apañar los problemas y resolverlos sin llegar a ningún cambio.
Siguiendo los ejes temáticos del existencialismo, Beauvoir ahonda en la falta de agencia que las mujeres tienen en su cotidianidad y cómo el no reconocer su libertad las condiciona a la alteridad, pasividad y sumisión. El cambio que puede devenir en el agenciamiento y liberación de las mujeres sólo se da por medio de la acción libre e incondicionada,
Sólo un sujeto libre, que se afirme más allá del tiempo, puede hacer frente a todas las desgracias; este recurso supremo está prohibido para la mujer. Principalmente porque nunca ha vivido los poderes de la libertad, no cree un una liberación: el mundo le parece regido por un oscuro destino contra el que es presuntuoso alzarse
Las mujeres se vuelven estoicas y resilientes ante las situaciones que les acaecen, pues no se piensan a si mismas como capaces de vivir fuera de este eterno femenino. La autenticidad se da cuando la mujer entiende que posee una libertad enmarcada en una situación; que sigue siendo responsable de su vida y de las decisiones que tome.
Para Beauvoir, la autenticidad se consigue sólo por medio de la acción libre, pero enfatizando aún más la situación en la que la mujer se encuentra. Beauvoir entiende que la situación entre el hombre y la mujer es desigual; esta forma de desigualdad artificial es la opresión. La opresión degrada ontológica y espiritualmente a la mujer, de tal manera que su acción nunca puede concretarse. La manera de superar esta opresión es por medio de la igualdad entre hombres y mujeres. Una educación que prevea a hombres y mujeres como iguales y que no piense a uno como inferior o subalterno.
A partir de estos puntos recuperados de la obra de Sartre y Beauvoir es posible ver la valía del existencialismo. El fenómeno de la vida debe de afrontarse desde la libertad y la autenticidad. Los esquemas metafísicos solamente acotan la posibilidad de las personas de asir sus vidas libremente. En el fenómeno de la mala fe se encarna el problema de vivir la vida cómo si fuera una simulación; completamente ajena a nosotros. Este mandato por la acción es lo que le permite a las personas agenciarse de sus vidas y tomar decisiones que se adecuen a su contexto y situación. En las palabras de Sartre y Beauvoir vemos una solicitud por vivir la vida sabiendo que esta no nos es dada; no hay una esencia que la matice, sino que es uno y sus decisiones lo que la encamina y nos permite vivir auténticamente.
III. El giro por el consumo
La vida humana se entiende solamente desde el hacer cotidiano. Las acciones que desempeñamos cada día son las que nos definen como personas. El existencialismo terminó por socavar el papel del esencialismo y la teleología dentro de la filosofía. La vida es un fenómeno que no se vive de manera pasiva, sino que se hace desde las acciones diarias. El ser es producto de un hacer y no algo que es dado. Sin embargo, con la llegada del Siglo XXI, este paradigma por la vida auténtica empieza a cambiar.
Por un lado, uno de los cambios más significativos que se da en este siglo tiene que ver con la manera en la que se comprende la idea de consumo. Antes, la idea de consumo aludía a necesidades fisiológicas que se podían satisfacer. La idea de consumir algo estaba íntimamente relacionada a las funciones fisiológicas del cuerpo. Sin embargo, en el siglo XXI la idea de consumo se relaciona más con la idealidad que rodea al objeto.
Los objetos se reducen a una relación simbólica que se da entre el sujeto y el objeto. El objeto se desmaterializa y se vuelve idea,
«El consumo no es ni una práctica material, ni una fenomenología, de la “abundancia”, no se define ni por el alimento que se digiere, ni por la ropa que se viste, ni por el automóvil de que uno se vale, ni por la sustancia oral y visual de las imágenes y de los mensajes, sino por la organización de todo esto en sustancia significantes; es la totalidad virtual de todos los objetos y mensajes constituidos desde ahora en un discurso más o menos coherente. En cuanto que tiene un sentido, el consumo es una actividad de manipulación sistemática signos».
Esta idea encarna la relación entre el sujeto y el objeto; aquellas cosas que representa en la vida particular de cada sujeto. El consumo subjetiviza cada objeto, de manera en el que se desea este porque se prevé como único e irremplazable. Interpela al sujeto directamente y se vuelve parte de su realidad más íntima. Al ser algo ideal, es algo que no se puede satisfacer, pues no hay materia u órgano que quede satisfecho.
Al entender el consumo cómo algo ideal, se ve la dificultad de satisfacer el deseo por adquirir cosas y la crítica que se pueda suscitar a esta. Consumir ya apela a la dimensión simbólica que se suscita entre los objetos y uno, de tal manera en la que cualquier idealidad puede volverse objeto de consumo. Cosas cómo la revolución, contracultura o anarquía se idealizan, por lo que pueden ser consumidas indefinidamente. Esta condición de insaciabilidad del consumo es lo que hace que las personas permanezcan en un constante ciclo de deseo y de consumo.
La primera cosa que va en contra de las premisas del existencialismo es el hecho de que estamos en un ciclo constante de consumo. La realidad idílica que atraviesa a las cosas nos mantiene atados al consumo. Las ideas concebimos acerca de nuestras vidas se proyectan en los objetos que nos rodean, por ello se consumen estas cosas. El retorno a la mala fe se da por medio de esta idealidad que se imprime en las cosas que se consumen. Se piensa que la manera de acceder a esta vida ideal es por medio del consumo. Este se convierte en el único eje mediante el cuál se adquiere la vida que uno sueña tener. Sin embargo, en la búsqueda de la obtención de este ideal, se vuelve a perder este mandato por la acción; por vivir la vida.
Otro fenómeno que altera la manera de entender el consumo es el que ahora la vida espiritual es reemplazada por la vida física de las personas. La enorme vida psíquica que las personas tienen se ve desplazada por la primacía de la salud. El yo se ve dividido en dos realidades corporales, un yo físico y otro simbólico. La industria del autocuidado y de la medicina nos hace pensar que habitamos simultáneamente dos cuerpos distintos, uno es el cuerpo físico que tenemos –los huesos, músculo, sangre, etc– y el cuerpo simbólico –oficio, nacionalidad, género, etc. Ambos cuerpos se piensan simultáneos, pero siempre hay una primacía del cuerpo simbólico.
Antes de poder conocernos a nosotros mismos desde nuestro cuerpo –de acariciarlo, experimentarlo, sentirlo o tocarlo– nos conocemos a nosotros mismos desde la documentación que nos dice qué clase de cuerpo somos –acta de nacimientos, datos biométricos o historial médico. Este cuerpo que se entiende desde lo externo es el yo simbólico; este es el que nos dice qué clase de cuerpo somos y cuáles deben ser nuestras funciones. El cuerpo de un soldado debe tener una forma específica distinta a la del obrero. Mientras uno piensa que debe tener salud para rendir durante varios años, el trabajador, el otro debe estar dispuesto a sacrificar su vida en cuestión de segundos, el soldado.
Este cuerpo simbólico queda supeditado a una cultura del autocuidado que nos dice que debemos de pensar en nuestro cuerpo desde su función social. Creemos que nuestra vida y nuestro cuerpo debe de estar al servicio de la sociedad.
Por ello, estamos obligados a monitorear nuestro cuerpo y vigilarlo constantemente. Estar al pendiente de cualquier síntoma para atenderlo y para estar constantemente cuidándonos. Ir al gimnasio, comer sano y no consumir ninguna sustancia estupefaciente se convierten en mandatos que rigen nuestra vida.
Este giro y primacía del autocuidado nos vuelve a arrojar en la mala fe, pues pensamos que el cuerpo es el límite y confín de la existencia. El cuerpo es lo que termina definiendo cuál es nuestra naturaleza y que cargos tenemos que desempeñar. Se asigna una esencia al cuerpo desde la medicina, la cual luego nos impone el autocuidado. El deseo por cuidarse a uno mismo queda supeditado a esta cultura del autocuidado, la cual luego nos circunscribe a una industria estética y médica.
El consumo aparece en este nivel como mandato, pues las personas ven sus vidas supeditadas a actividades que le garantizan a uno una vida sana. Uno va al gimnasio obsesivamente, luego se somete a cirugías estéticas para tener el cuerpo ideal y consume placebos que le garantizan un sistema inmunológico fuerte. Las tendencias en el ejercicio, las dietas y en el estilo de vida se terminan convirtiendo en parte esencial de quien es uno. En lugar de tener una experiencia libre y en primera instancia del cuerpo, el sujeto se conoce a si mismo a partir de esta cultura del autocuidado que le imprime un conjunto de actitudes y dinámicas para hacerlo sano.
La cuestión en torno a esta industria del autocuidado es que no se tiene una dimensión subjetiva del cuerpo y de lo que es estar sano. Socialmente se aceptan ciertas conductas como sanas y aquellos que participen de estas también son sanos. Se asume que participar en estas actividades, dinámicas o servicios lo harán a uno sano, incluso si atenta en contra de la propia salud. Un ejemplo sería el mandato constante de la delgadez, la cual puede devenir en desórdenes alimenticios o en adicciones. Sin embargo, este mandato persiste en la sociedad y no hay un cuestionamiento acerca de si estas actitudes o comportamientos engarzan con el proyecto personal de cada persona o su situación.
Finalmente, otra manera en la que el consumo atenta en contra de uno se da por medio de la estigmatización. El hecho de que todo sujeto consuma cosas lo hace partícipe de un sistema de símbolos que lo convierte en esencialmente aquello que consume. Algunos de estos objetos de consumo tienen valores que son socialmente más aceptados que otros. Estos valores socialmente rechazados devienen en procesos de estigmatización que convierten al otro en una alteridad. Si uno consume ciertas cosas que socialmente se piensan como inferiores, impuras o malas, entonces uno lo será también.
Socialmente, se prevé que hay cosas que son más dignas de nuestro consumo y otras que deben de evitarse. La creación de la categoría de “gusto” ilustra cómo hay objetos que al consumirse son más dignos que otros. Aquello que es denominado cómo alta cultura es más digno de consumirse que aquello que se denomina baja cultura. Este proceso de significación se da desde la clase social «La obra de arte adquiere sentido y reviste interés solo para quien posee la cultura es decir el código según el cual está codificada». En este caso, aquello que se piensa como alta cultura proviene de un estrato social privilegiado, el cual le asigna un mayor valor a ciertos elementos culturales por encima de otras. Las clases sociales, arbitrariamente, asignan un valor a ciertas expresiones artísticas y las consideran más dignas.
Esta división arbitraria en la cultura lleva a las personas a creer que al consumir cosas pertenecientes a la alta cultura, entonces serán partícipes de este grupo social privilegiado que crea la división entre baja y alta cultura. Se piensa que al consumir estas cosas, uno también se convierte en ellas y accede al valor social que representan. Sin embargo, el problema es que el sujeto sigue ignorando la realidad social y económica de su situación. Estos elementos que se ven dentro de la alta cultura forman parte de un conjunto de símbolos que sólo son accesibles y entendibles para los miembros de la clase alta. Los valores simbólicos que explican estas cosas y que son parte de la alta cultura sólo son cognoscibles para las esferas que poseen el conocimiento técnico para apreciarlas y asirlas en su completitud. De manera en que, los miembros pertenecientes a un grupo social inferior, no pueden entender su valor completamente y sólo terminan simulando estas actitudes.
La mala fe persiste en tanto el sujeto siga pensando que aquello que consume lo hace miembro de una esfera social determinada, incluso si esto ignora su situación real e inmediata. Se vive en el engaño, pues no se reconoce que uno no es parte de esa situación económica o social que busca simular. Se vive insatisfecho y ajeno a su propia vida, pues esta no le permite a uno acceder a la completa realidad social que uno desea emular por medio del consumo.
Esta creación arbitraria del consumo nos indica que hay cosas y formas dignas de consumir y otras que no lo son. Uno es partícipe de la estigmatización si consume algo socialmente inaceptable. Las formas de consumo también son una forma de estigmatización, pues usar cupones de descuento o comprar ¨clones¨ se considera una forma inferior de consumo. Estos procesos de exclusión social y estigmatización llevan a las personas a consumir aquello que es normativo. Independientemente de si a uno le guste o no.
La mala fe no ha sido derrotada en el mundo contemporáneo, sino que se ha sabido adaptar a las realidades del consumo moderno. Las personas consumen en tanto les permite asir cierta idealización de lo que desean en la vida, porque les es un mandato o consumen por el deseo de acceder a una realidad económica que les es ajena. El consumo contemporáneo ha desconectado a las personas de su realidad y ha llevado a desconexión e insatisfacción. El hecho es que el consumo debe partir de la situación y libertad de las personas. Tratar de consumir cosas que son ajenas a nuestra condición económica, que no representan nuestros valores o atentan en contra de nuestro bienestar físico y mental deviene en la insatisfacción y fatiga de la mala fe.
IV. La mala fe de nuestra época: el “lookmaxing”, pilates y el “old money”
Una vez explicado cómo el consumo ha devenido en un retorno de la mala fe en nuestras vidas, se van a retomar algunos casos prácticos que se pueden ver en las tendencias y redes sociales. El hecho es que el mundo digital se presta como un espacio de crítica e investigación. Las tendencias en moda y estilo de vida revelan actitudes que nos desconectan de la realidad y nos hacen pasivos ante la vida.
Uno de estos primeros fenómenos que genera una mala fe en la gente se ve desde la cultura del deporte contemporánea. Por un lado, está la tendencia del lookmaxing entre los hombres, la cual consiste en maximizar el potencial de la belleza por medio de ejercicios faciales, cremas y operaciones estéticas. El fundamento de esta tendencia es pensar que la manera en la que nos vemos es meramente estacional y que debemos de hacer todo lo posible para constantemente aumentar nuestra belleza. Nuestro estado físico actual debe de mejorarse, pues siempre hay un supuesto ideal que podemos alcanzar. Este deseo que desata el lookmaxing lleva a las personas a contratar servicios que les ayuden a conseguir este rostro ideal. El problema con esta tendencia no es el hecho de que uno quiera mejorar su apariencia física, sino que este fenómeno está enmarcado en esta cultura del autocuidado que nos lleva a criticarnos y desear un estilo de vida idóneo.
Hay que reconocer una cierta naturalidad a nuestros rostros y apariencia física; el problema es que la tendencia sigue apelando a cánones estéticos occidentales que siguen degradando a las personas. No todos los rostros se ven iguales, e incluso si uno se mete dentro de una rutina y dieta rigurosa, el rostro de uno no siempre se asemeja al canon estético que se presenta. La mala fe sigue sin superarse en tanto se siga pensando que la vida es satisfactoria o ideal cuando uno llega a un cuerpo o rostro determinado.
Un hecho es que el mundo del deporte se presta a estas críticas y problemas, pues la actividad física exige de un espacio y uniforme para que tenga ese nivel de aceptación. La cultura del autocuidado nos exige ejercitarnos diariamente y para hacerlo de manera “correcta” es necesario consumir ciertas realidades particulares. Los running clubs ilustran la necesidad de consumir ciertas realidades económicas para que uno se sienta “sano” y participe de la tendencia, pues para ser miembro de estos es necesario tener un uniforme particular –unos shorts de Lulu Lemon, unos tennis Hermanos Koumori y un Apple Watch– para que efectivamente uno se sienta parte de la tendencia. El hecho es que la actividad de correr no exige necesariamente de un uniforme tan caro, sino ropa cómoda que permita la actividad y un buen par de tennis deportivos. Sin embargo, lo que vende la impresión de bienestar físico es todo el uniforme y actitudes que se dan con el pertenecer a un running club y participar de las tendencias. El running club presenta el fenómeno de la mala fe porque sigue presentando la idea de que la esencia de lo saludable se da por medio de la ropa que se use y el espacio en el que se de.
Este caso no es exclusivo de los running clubs, sino que también se presenta en los clubs de pilates. Cuando uno ingresa a un club de pilates se encuentra usualmente con la misma imagen; mujeres delgadas, la mayoría de tez blanca, que utiliza unos leggings Lulu Lemon, unos “leg warmers”, “ballet flats” y el mismo termo Stanley Cup. Los clubs de pilates presentan la misma imagen higienizada de lo que es ser un sujeto sano, pues sus precios son accesibles principalmente para un público de clase media-alta que usa el mismo uniforme. La pregunta aquí yace en si están justificados los precios de estos talleres de pilates y si es necesario el “uniforme” que se usa para desempeñar bien la actividad física. El hecho aquí es que actividades físicas como los running clubs y los pilates dan una impresión de salud y bienestar físico que no siempre es real. El bienestar físico se manifiesta de muchas formas y no exige de ciertas tendencias o servicios.
Dentro del caso de la moda, este fenómeno se manifiesta en tendencias como el “old money”, coquette o la idea de las “tradwives”. Estas tendencias presentan la idea de que, al utilizar cierta estética o estilo, uno puede acceder a las realidades de las que estas emanan. En el caso particular del “old money” es posible ver este aspecto aspiracionista que le imposibilita al sujeto agenciarse de su propia vida y entender su situación real, pues siempre aspira a la estética de las clases altas.
El old money es una estética que replica el estilo de las clases altas; los cortes de las prendas emulan la vestimenta de los yuppies norteamericano y los lores ingleses. Esta estética se compone de sus siluetas –supuestamente– atemporales, de materiales finos y colores simples. Apela a la idea de “menos es más” para hacer brillar los elementos técnicos de la prenda; la calidad de un jersey de cachemira, el impecable corte de unos pantalones de pinzas y la suavidad de una simple playera blanca de algodón. Esta estética parte de la exclusividad de estas marcas de renombre y de los sujetos que las portan. Por este motivo, es una tendencia que es muy popular y que se replica mucho hoy en día. El problema es que detrás de ésta yace un problema de clase que sólo remarca la desigualdad entre quienes aspiran a esta estética y los sujetos que la crean.
El sujeto que aspira a esta estética adopta los mismos patrones clasistas y racistas que dividen la alta cultura de la baja cultura. Al pensar que una playera blanca y lisa tiene mayor valor estético que una pieza estampada y colorida se reproducen los mismos valores de discriminación estética. El problema es que el sujeto, en particular los jóvenes influenciados por esta tendencia, no son partícipes de este mundo que desean emular. Comprar piezas en tiendas de moda rápida que se parezcan a esta estética, no significa que sean iguales, pues el valor de esta yace en la calidad técnica de las piezas. En conclusión, una playera Merz B. Schwanen tiene una mayor calidad técnica que una de Zara. La ilusión de estas marcas y estéticas no le permite reconocer al sujeto su situación en la que está ubicado y reconocer los elementos simbólicos que subyacen a estos discursos; discursos clasistas y racistas.
Finalmente, en el caso de “coquette” y la estética de las “tradwives” vemos un giro al eterno femenino que Beauvoir critica. Estas estéticas se cimentan en ideas de lo que es tradicionalmente femenino; el rosa, el encaje, los vestidos, etc. Son estéticas que abrevan de estereotipos de género que presentan a la mujer cómo un sujeto insulso, pasivo y virginal. Por un lado, el coquette se enmarca dentro de un contexto que presenta a la mujer como un sujeto insulso e infantil que habita un mundo inocente regido por una “girl logic”; una forma contemporánea de disfrazar la misoginia que presenta a la mujer como ilógica e irresponsable. Esta tendencia regresa a las críticas originales que Beauvoir tiene respecto al eterno femenino, que es presentar lo femenino cómo un mandato para la mujer. Al asimilar este estilo, la mujer adopta los elementos discursivos que la presentan como un sujeto ajena a la realidad e incapaz de tomar decisiones.
Por otro lado, la tendencia de las “tradwives” retoma la idea de que el espacio designado para la mujer es el mundo doméstico. Contrario a lo que Beauvoir pensaba en un primer momento, hemos llegado a un punto en el que se reevalúa el papel histórico de las labores domésticas. El trabajo que las mujeres desempeñan dentro del hogar tiene un enorme valor económico y social que se debe de reconocer aún más. Sin embargo, lo que esta estética presenta es que, nuevamente, el cuidado del hogar es el papel esencial de la mujer. La mujer debe, por “naturaleza”, al hogar. Las mujeres deben entender que el espacio asignado es el hogar, pues ellas deben encargarse del mantenimiento del hogar, de la crianza de los niños y de cocinar. La estética reafirma la idea de que el mundo está dividido entre un espacio esencialmente masculino –el público– y uno femenino –el hogar. Que una mujer se quede en casa es parte de su naturaleza, pues debe entender que su papel es secundario; que ellas deben auxiliar a sus esposos y encargarse de criar a las nuevas generaciones.
La estética recupera los elementos visuales clásicos de la década de los cincuenta. Los vestidos y collares de perlas recuerdan a las imágenes de la familia nuclear norteamericana. Este estilo vuelve a vender la ilusión de un momento histórico en el que la mujer se podía desatender de realidades económicas y sociales para encargarse meramente de su hogar. Se reafirma la esencia de la mujer como un sujeto vanidoso y pasivo; incapaz de cualquier razonamiento o crítica profunda acerca de su ambiente.
Todos estos casos encarnan una crisis y un regreso a la mala fe que se presentan por medio de tendencias pensadas inocentes. La cuestión aquí es que nadie está obligado a aceptar estas tendencias ni a seguirlas. Sin embargo, estos elementos culturales tienen consecuencias en el ambiente. La mala fe no es un fenómeno inocente, sino que lleva a una profunda insatisfacción por parte de los sujetos que la experimentan.
La realidad es que desplazar la responsabilidad que uno tiene frente al mundo por seguir tendencias, es problemático.Las tendencias tienen una fecha de caducidad que cada vez se va acotando aún más, de manera en que el sujeto nunca se agencia de su vida, pues esta es dictaminada por lo que éste adopte en redes sociales.
V. Conclusión
La filosofía existencialista del siglo XX ha sido una de las corrientes más populares en la historia de la filosofía. Su contenido mueve al sujeto a reflexionar sobre su vida; que tan satisfecho está con el lugar en el que se encuentra y qué puede hacer para tomar control de su vida. Una corriente que ha sido retomada por múltiples autores a lo largo de la historia y que ha servido para reflexionar el papel que tiene la nación, raza y género en las vidas de las personas.
Sin embargo, el mandato que nos hace el existencialismo nunca se termina de concretar. El compromiso que se debe tener con la vida es mayor y debe motivar a las personas a reflexionar acerca de las cosas que parecen inocentes dentro de sus vidas. La realidad es que las redes sociales juegan un papel importante en los procesos de subjetivación de la personas; es por medio de estas que se descubre a que comunidad pertenece uno y que valores adoptamos en la vida.
El problema se suscita cuando las tendencias que se replican en las redes sociales son adoptadas como absolutas que rigen y describen la vida de las personas. La realidad digital enmascara la situación de las personas que están del otro lado de la pantalla; se es ignorante acerca de la realidad que estos sujetos viven. Por lo tanto, es importante entender estas tendencias como medios para autodescubrirse y pensar en las metas particulares que cada quien tiene en su vida.
La premisa “existencia precede a la esencia” debe recordar la importancia que hay en vivir una vida genuinamente comprometida a la acción. Ninguna tendencia digital puede decir esencialmente quién es uno ni sirve como garante de estabilidad u orden en la vida. El compromiso que se tiene por la libertad debe guiar al sujeto a recuperar su libertad y, en el momento que sea conveniente, apagar el teléfono y simplemente despejarse.
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Diego Salvatierra es egresado de la Licenciatura en Filosofía por la Universidad Panamericana. Sus áreas de interés incluyen la filosofía de la cultura, filosofía mexicana y urbanismo. Le interesa la aplicación y uso práctico de la filosofía para el análisis de fenómenos culturales contemporáneos y posibles soluciones para problemas de índole filosófico y social.
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