Normaturalización: la nueva cara del mandato estético
Texto por Irina Bernadette Márquez Salaices ★
El siguiente texto es una versión revisada de la ponencia del mismo nombre impartida por Irina Bernadette Márquez Salaices, el pasado 2 de diciembre de 2025 en el Coloquio de Moda, Interdisciplina y Crítica organizado por Melodrama y llevado a cabo en las instalaciones de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Puedes ver la ponencia aquí.
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Introducción
En la vida cotidiana, la belleza suele presentarse como algo “personal”: un gusto, una decisión, una cuestión de cuidado o autoestima. Sin embargo, basta mirar con atención para notar que no todas las personas son evaluadas igual, ni pagan el mismo precio, cuando su apariencia no coincide con lo esperado. En el caso de las mujeres, la presión estética aparece desde edades tempranas; se intensifica en espacios como la escuela, el trabajo y las redes sociales; y termina por convertirse en un requisito tácito de reconocimiento social.
Esta reflexión parte de una idea sencilla: la belleza no opera solo como preferencia; funciona como mandato. Lo más eficaz de ese mandato es que muchas veces no se reconoce como imposición, sino como parte de “lo normal”. A ese mecanismo, entendido como un engranaje completo de poder y aprendizaje, se le llama aquí normaturalización.
¿Qué significa “normaturalización”?
La normaturalización no es solo naturalización. Es un proceso más amplio que integra varias capas al mismo tiempo: la norma (lo que “debería” ser), la normalización (los premios y castigos que ordenan conductas), la naturalización (hacer pasar lo histórico como si fuera biológico), y la internalización con autovigilancia (cuando la mirada disciplinaria se instala dentro y el cuerpo se corrige “por cuenta propia”).
Por eso, la normaturalización liga el proceso global con el proceso individual. No se limita a decir que una regla social “parece” natural; muestra cómo esa regla se monta como un dispositivo completo, histórico y cotidiano, que enseña, repite, emociona y encarna. Dicho de otra forma: no es solo la bailarina; también es la música que marca el ritmo, el escenario que delimita lo posible y el vestuario que ajusta el cuerpo. Ese conjunto produce la sensación de que “así debe ser” y de que “así soy”.
Este mecanismo atraviesa el ciclo vital. Se aprende en la niñez; se intensifica en la adolescencia; se exige en la vida adulta; se reescribe frente al envejecimiento. Y puede reproducirse intergeneracionalmente: se transmite en consejos, advertencias, elogios, burlas, silencios y comparaciones; también en prácticas materiales de cuidado, consumo y moda.
Moda como escuela del cuerpo
La moda es una de las pedagogías más eficaces del mandato estético, porque enseña con telas, tallas, cortes y tendencias. No solo propone “qué ponerse”; propone qué cuerpo se considera deseable, moderno o correcto. Basta pensar en cómo cambian los ideales de silueta: temporadas de cuerpos “fit” y abdomen plano; ciclos de cadera marcada; la obsesión por la cintura mínima; la promesa de “levantar” o “reducir” con prendas modeladoras.
En redes sociales circulan estéticas que parecen inocentes: “clean girl”, “office siren”, “coquette”, “quiet luxury”. Cada una trae reglas: maquillaje que debe verse “natural”, piel “sin poros”, cabello “sin frizz”, uñas “prolijas”, cejas “en su lugar”, ropa que sugiere estatus sin “exagerar”. El mensaje no es solo estético; es moral. Vestirse “bien” se vuelve sinónimo de disciplina, control y valor personal.
Cómo se instala el mandato estético
El mandato estético se instala por repetición. Se aprende en comentarios “inofensivos” sobre el cuerpo, en chistes, en consejos familiares, en la cultura del “arreglarse”, y en la promesa de que verse de cierta manera garantiza amor, seguridad o éxito. También se reproduce en industrias que convierten la inseguridad en mercado: productos, dietas, procedimientos, aplicaciones, filtros, cirugías.
La moda participa de este circuito cuando convierte el cuerpo en proyecto interminable.
La prenda “ideal” suele exigir un cuerpo “ideal”: pantalones que no contemplan diversidad de cadera o muslo; tallas que “suben” o “bajan” según marca; ropa que se anuncia “para todos los cuerpos” mientras excluye cuerpos gordos o no normados. A esto se suman reglas cotidianas: “verse presentable”, “no repetir outfit”, “que no se note el sudor”, “no mostrar estrías”, “tapar”, “disimular”, “corregir”.
Ejemplos cotidianos vinculados a moda
La “buena presencia” en el trabajo suele operar como regla no escrita. No siempre aparece en un contrato, pero se filtra en entrevistas y evaluaciones. Se espera cierto tipo de “arreglo”: maquillaje discreto pero obligatorio, tacones “moderados”, cabello “domado”, ropa “femenina” pero “no provocativa”. El cuerpo aprende a anticipar el juicio; se corrige antes de ser corregido.
Los uniformes y códigos de vestimenta, en escuelas, tiendas y servicios, prometen “igualdad”, pero a veces castigan cuerpos no normativos: camisas que no cierran, telas que marcan, tallas inexistentes. Incluso hay reglas sobre peinados, uñas, maquillaje o accesorios. Lo que se disciplina no es solo el atuendo; es la corporalidad.
También está el dolor normalizado: fajas, brasieres que lastiman, zapatos que duelen, depilación para “verse limpia”, “tape” para controlar el pecho, ropa que limita respirar o moverse. Cuando el malestar se vuelve “parte de arreglarse”, la norma ya se encarnó.
Y están las tendencias que moralizan: “no te vistas así si estás grande”, “eso es para flacas”, “con ese cuerpo no uses short”, “para verte fina”. La moda se vuelve filtro de legitimidad social; habilita o prohíbe presencia.
Costos: la violencia estética que no siempre se nombra
Cuando la norma se siente naturaleza, la incomodidad se vuelve rutina. Muchas mujeres ajustan su vida a una disciplina que consume tiempo, dinero y energía; y, aun así, la sensación de insuficiencia no desaparece, porque el ideal se mantiene siempre un paso adelante. El cuerpo queda atrapado en un circuito de corrección permanente: cubrir, reducir, esconder, tensar, borrar.
Este circuito tiene efectos emocionales: vergüenza, ansiedad, culpa, miedo al juicio, rechazo anticipado. También tiene efectos materiales: endeudamiento, procedimientos riesgosos, discriminación laboral, acoso vinculado a la apariencia. No se trata de “vanidad”; se trata de una forma de control social que organiza la vida de las mujeres desde dentro.
Memoria corporal y biopolítica emocional
La normaturalización se sostiene en la memoria. No solo en lo que se recuerda con palabras, sino en lo que el cuerpo aprende como hábito. Por eso, muchas reglas estéticas se ejecutan casi sin pensar: el modo de sentarse, de sonreír, de esconder el cansancio, de pedir perdón por ocupar espacio, de “verse bien” incluso cuando se está agotada.
La exigencia también se sostiene afectivamente. La promesa de aceptación y la amenaza de vergüenza producen obediencia; el cuerpo responde con ansiedad o alivio, según se acerque o se aleje del ideal. En ese punto, el mandato deja de percibirse como norma externa y se confunde con identidad; criticarlo puede doler, porque parece atacar algo propio. Por eso, hablar de moda no es frívolo: es hablar de cómo se administran emociones y pertenencias a través del cuerpo, a lo largo de la vida.
De la hegemonía estética a las resistencias
Aunque la belleza hegemónica se presenta como universal, cambia con el tiempo y varía según clase social, racialización, edad y territorio. Eso muestra que no es naturaleza; es historia. Además, el ideal no se mantiene solo por fuerza; se mantiene porque produce sentido, promete pertenencia y ofrece una sensación momentánea de control en un mundo que suele castigar a las mujeres.
Las resistencias existen y crecen. A veces aparecen como rechazo directo al canon; otras, como reapropiación creativa: vestir para el placer propio, mezclar códigos, incomodar con intención, usar la moda como lenguaje político. También se expresan en prácticas colectivas: trueque, segunda mano, crítica al consumo, exigencia de tallas inclusivas, y proyectos artísticos y pedagógicos que abren preguntas sobre quién decide lo “correcto”. Resistir no es “dejar de arreglarse”; es recuperar la capacidad de
decidir sin miedo, sin chantaje, sin violencia simbólica.
Conclusión
Nombrar la normaturalización permite ver lo que suele pasar desapercibido: que la belleza funciona como regla social y como tecnología de control. Al reconocerlo, se abre un espacio para elegir de otro modo; y, sobre todo, para imaginar una cultura donde la dignidad no dependa de la apariencia.
La pregunta final no es si la belleza es “buena” o “mala”; la pregunta es quién define lo bello, qué exige a cambio, a quién beneficia, y qué vidas quedan fuera cuando la belleza se vuelve requisito para existir con reconocimiento.
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Irina Bernadette Márquez Salaices es artista visual, investigadora feminista y docente universitaria radicada en La Paz, BCS. Cursa el Doctorado en Ciencias Sociales en la UABCS donde desarrolla la investigación “Belleza impuesta, cuerpos intervenidos sobre hegemonía estética en mujeres mexicanas”.
