La invención de la mexicanidad moderna a partir del uso de símbolos del folclor
Texto por Sofía Zavala ★
El siguiente texto es una transcripción de la ponencia del mismo nombre impartida por Sofía Zavala el pasado 1 de diciembre de 2025 en el Coloquio de Moda, Interdisciplina y Crítica organizado por Melodrama y llevado a cabo en las instalaciones de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Puedes ver su ponencia aquí.
.
México no existía, y hay días donde volteo a mi alrededor y creo que sigue sin existir.
Rondaban los 1300 cuando en el territorio sin nombre oficial, sin idea de lo que era una frontera, aduana o visa, reinaban los caciques, los gobernantes cubiertos de plumas y jade. La tierra era de quien vivía o moría para ella. Los árboles, el viento y el agua se movían al son de la lengua de quien los habitaba. Olmecas, mexicas, purépechas peleaban, defendían y volvían a atacar. Pero las guerras entre iguales se terminaron con el ruido de la pólvora y los pasos metálicos.
Las diferencias existen solamente en torno a los contrastes. En la otredad. Porque es más fácil buscar palabras para lo ajeno, que para nosotros. Lo sucio, lo malévolo, lo siniestro, lo satánico y lo monstruoso nace, irónicamente, con el bautizo católico.
La imposición del catolicismo y de todos los valores europeos alrededor del ahora territorio latinoamericano dio como resultado una serie de limites, de fronteras y juicios vacíos. Es un grupo de agentes invasores que se encargan de delimitar y ponerle nombre a un territorio desconocido, sin preguntar, sin conocer, sin cuestionar. Llevándose entre las armaduras las dinámicas de las sociedades que se encontraban ya en él.
Los vestigios de las sociedades ya existentes se encuentran en la materialidad de las manifestaciones, que a pesar de ser españolas y católicas en forma y figura, su dureza es brindada por la piedra, su brillo por el oro y su color por los pigmentos nativos. El supuesto mestizaje e intercambio cultural, pese a no haber ocurrido de una manera horizontal, fue capaz de salvaguardar técnicas indígenas que han logrado aferrarse hasta las épocas modernas siendo cargadas en el habla y el flujo de saberes.
Esta misión de convertir el territorio a la imagen y semejanza de España, es impuesta y de alguna manera u otra, funciona. Pero el estilo de vida de la población refleja una latente desigualdad y el vínculo entre los habitantes es inexistente. Ni el habla, ni la imposición del español, ni las constantes misiones evangelizadoras, ni La Virgen de Guadalupe, habían logrado conseguir una sensación homogénea en torno a la Nueva España. Ocurre la Independencia, pero seguíamos un poco igual a pesar de ya haber cambiado el nombre.
Por fin durante el Porfiriato, la nueva mexicanidad es determinada por una larga fila de cubiertos, un deseo latente de can can, copas desbordantes de champaña y menús escritos en francés.
Porfirio Diaz tenía una estrecha y obsesiva relación con Francia y su mayor deseo durante sus no escasos años de gobierno, fue mudar la ciudad de las luces a los cielos americanos. Esto ya sabemos en que terminó y la consecuencia de la Revolución fue, no solo el derrocamiento de Díaz, si no la peor crisis identitaria de la sociedad mexicana. Estaban los burgueses que con nostalgia añoraban sus noches tomando coñac y los revolucionarios que festejaban entre lo espeso del pulque, la efervescencia del tepache y lo ardiente del tequila.
Posterior a la Revolución Mexicana, México estaba devastado: el índice de analfabetismo superaba el 70% de la población, era notable la ausencia de instituciones sólidas y la brecha de las élites urbanas y el pueblo campesino era abismal. Es en 1921, cuando el presidente Álvaro Obregón crea la Secretaría de Educación Pública y coloca al mando a José Vasconcelos, quien diseña el llamado Proyecto Nacional.
Este proyecto tenía una serie de objetivos principales en los que se remarca la búsqueda de la unificación nacional, en donde se pretendía integrar a todos los sectores sociales: indígenas, élites, clase obrera y campesina bajo una identidad mexicana en común. Dicha estrategia fue respaldada por la idea de que así se podría combatir el rezago cultural y la marginación de los llamados pueblos originarios.
Sin embargo, esta acción, así como en la colonización española, no se trato de un intercambio horizontal que podría alimentar a la sociedad mexicana, sino una serie de valores europeos que favorecían a la clase burguesa y todas las élites mexicanas. La identidad mexicana en común puso en el reflector obras de Platón, Homero y Cervantes y le dio un espacio en la oscuridad a todo lo proveniente del indígena.
A pesar del supuesto sostén cultural y educativo del Proyecto Nacional, es fácil notar la visión católica y casi evangélica de los quehaceres de Vasconcelos, quien concebía a la educación como un acto casi religioso1, capaz de transformar al individuo y a la nación. Dicha idea es vista de manera clara en su formación de misiones culturales y educativas , en donde maestros que retratan casi a frailes y curas, recorrieron todos la nación en búsqueda de las comunidades apartadas para enseñar a leer, escribir, las artes y los oficios. Y es que claro, que si lo enunciamos de esta manera suena maravilloso, un derecho básico y esencial en la formación de seres humanos integrales es la educación. Pero también hay que recordar que en este proceso se perdieron la mayoría de los hablantes de lenguas indígenas, se les inculcó a las infancias el uso único del español y comenzó una vergüenza colectiva de identificarse como indígena.
La labor de la redención social mediante la educación, más que buscar elaborar un sincretismo entre los saberes propios de cada una de las comunidades, era más una especie de catecismo que a partir de la impartición de temas didácticos curados por Vasconcelos de una manera meticulosa para que su fin fuera el arrepentimiento de lo indígena y la sensación patriótica nacional.
Para hablar de esto podemos recordar algunos de los mitos nacionales que fueron esparcidos en los libros de texto y las planeaciones escolares, mitos que lograron llegar hasta este milenio incluso. Que si los niños héroes y como uno tiene que morir por su país, el soldado potencial en cada niño nacido, que es mejor aventarte con una bandera a que esta sea quemada o robada, que si Miguel Hidalgo es héroe nacional e incluso podemos recordar la tarea designada en el mes de octubre, hacer la portada del día de la raza y dibujar de manera apasionada la Niña, la Pinta y la Santamaría, mientras que a manera de mantra se nos recuerda que previo a la colonia, éramos salvajes.
Vasconcelos también llevo en los hombros la labor de impulsar el arte nacional y es de esta manera que sucede el brillante esplendor del muralista mexicano, en donde Rivera, Orozco y Siqueiros llenan las paredes de escuelas, secretarias, foros, teatros y bibliotecas de murales en los que se busca retratar la nueva sociedad mexicana.
Es de esta forma que toda la transformación nacional, fue guiada por un intelectual y rigurosas ideas extrajeras pero colocando elementos estéticos indígenas y ahora mexicanos. El bordado, las trenzas, los colores, los listones, el chile, la china poblana y demás elementos provenientes de las comunidades indígenas se convirtieron en estandartes estéticos de la nueva mexicanidad. Es decir, todo aquello indígena se toma y se valora únicamente en su visualidad y materialidad, jamás en lo que piensa o dice. La visión idealista y paternalista de Vasconcelos veía a los pueblos indígenas como materia a redimir que como actores plenos de la nación y la única forma en la que figuraron en la nueva visión mexicana fue a modo de adorno, de figura mártir y siempre carentes de voz y sentir. Y es esta misma visión Vasconcelista la que logra dominar la moda mexicana contemporánea.
El indígena es visto como esta figura que necesita ser guiado, moldeado, instruido y enseñado. Y al folclor le gusta el indígena que cocina, que baila, que canta, que borda y que posa para las fotos. Pero tiene que hablar español, pero tiene que tener sus documentos en regla, tiene que ser católico, apostólico y mexicano, y cualquier desacato a la norma es condenado, y visto como el mayor pecado, como el desinterés de pertenecer a una cultura que él origino, aunque se le haya sido despojada su patria misma.
El jarocho, la adelita, la dama, el catrín y la tehuana forman parte del álbum de lo mexicano. Estas expresiones populares y estereotipos culturales que son parte del nacionalismo mexicano les ponen los orígenes a las pieles, hacen show de las existencias y son capaces de explicar el porqué de la supervivencia de todo lo indígena a pesar de toda la segregación que encaran.
Ricardo Pérez Montfort. Historiador mexicano, analiza en su libro Expresiones populares y estereotipos culturales en México sobre como varios clichés mexicanos, a pesar de sus tejidos absurdos, sus manifestaciones estereotípicas e incluso la violencia que contienen ciertos relatos han sido armados como esfuerzos nacionalistas del Estado postrevolucionario.
Por ejemplo, el origen de lo “tapatío” como conjunto de tres tortillas, que luego se convierte a lo propio de la región de Guadalajara para por fin llegar al jarabe o al mariachi, o, del jarocho como vocablo hispanoárabe para designar al moro como cerdo, al jarocho como lo negro de la región y terminar en rumbero y trovador.
Montfort aborda como como el folclor son expresiones embellecidas, simplificadas y despojadas de su complejidad para convertirse en un consumo turístico o un identitario nacional en común, en los que los matices son maquillados, los significados negados y la diversidad abandonada.
Estas expresiones son manejadas al punto donde no queda un sentido de autenticidad ya que esta radica en las expectativas sociales, políticas o culturales que por la práctica y sus haceres originales. El folclor nos termina arrojando en una fantasía exótica a la que se busca pertenecer solamente como beneficiario.
Entonces, ¿la moda es capaz de evocar fantasías?, ¿narra todo aquello que no puede ser narrado?, ¿coloca en una materialidad una serie de ideas folk?
Entendamos folk como pueblo y unido semánticamente al folclor con su implicación hacia lo autóctono.
En la moda mexicana contemporánea ha ocurrido una serie de acontecimientos en los que mediante el uso de símbolos y signos indígenas se ha buscado reconfigurar la visión del diseño, así como su público principal. Esta fantasía se apropia de fantasías místicas, exóticas y folclorizadas de las manifestaciones para traducirlas en una prenda, una pasarela o un show que no irá más allá de lo mediático.
Para Saussure, el simulo se usa para referirse a un signo especial, usualmente una manifestación convencional o cultural. Para Peirce, el objeto se relaciona a través de una convención social o cultural. Los símbolos son un elemento clave para la construcción patriótica de una nación. Por ejemplo, todos nos sabemos la historia de como el verde de la bandera significa esperanza, el blanco unidad y el rojo la sangre de los héroes que nos dieron patria. Pero más allá de estos símbolos instituidos de la manera nacional, existen otros más.
Por ejemplo, el de los pueblos originarios. Originario, como origen, como potencial, como nacimiento y como una mina de oro para la explotación. El mito del mestizaje y del como todos somos y venimos del mismo lugar, le ha otorgado a ciertas personas una especie de licencia autoproclamada de utilizar cosas que no les pertenecen. Lo wixárica, lo purépecha, lo maya o lo mexica mágicamente se convirtieron en las raíces de todos nosotros y ahora queremos hacer bolsas, pantalones y bordados.
Y es que es el mismo Estado el que promueve la imagen de la mexicanidad, orgullo y pertenencia homogénea, pero nunca garantiza que las comunidades se beneficien económicamente de ello. Y es que se habla mucho de la apropiación cultural, y los mexicanos les saltamos encima a diseñadores extranjeros, por ejemplo el caso de Isabel Marant vs la comunidad mixe de Santa María Tlahuitoltepec en 2015, o el caso purépecha vs Zara en 2019.
Pero qué pasa con, Julia y Renata, diseñadoras mexicanas que durante su colección primavera/verano del año 2019, abducieron elementos mixtecos y lo presentaron como un objeto de alta costura. Durante su show, las modelos portaron sombreros usados originalmente por los huehuentones en la celebración de Día de Muertos de la Sierra Mazateca. De acuerdo con un artículo publicado en el Museo Nacional de Antropología, los huehuentones son el elemento principal de los rituales mazatecos.
Su nombre proviene del náhuatl, huehue, que significa viejo ancestro y se les asocia con los espíritus y las ánimas.
Este hecho causo revuelo, al despojarle la misión ancestral a los sombreros para convertirlos en un accesorio más. Inmediatamente las diseñadoras salieron a defenderse y revelaron que los sombreros ni siquiera eran suyos, sino de otra marca que trabaja con artesanos mazatecos.
En redes sociales, hicieron la siguiente declaración. “La marca Lørdag & Søndag trabaja desde hace muchos años de la mano de las familias de artesanos que diseñan y producen estas obras de arte, son originarios de la Sierra Mazateca, y éstos sombreros son hechos para sus celebraciones del día de Muertos. Las familias recolectan y Tejen la fibra llamada G’noo Xombe Nisin, proveniente de una enredadera silvestre. Son usados por los Huehuentones en dicha celebración. Los presentamos con mucho respeto y es un honor para nosotras que nos acompañen con esas hermosas piezas.”
Dicha marca, es un estudio mexicano fundado por Salvador y Enzo, dos hermanos que proclaman usar técnicas tradicionales heredadas por generaciones de artesanos. En su página web, la cual esta completamente en inglés, relucen su ideas innovadoras y creativas con las cuales celebran la riqueza cultural mexicana que trasciendan el tiempo y el espacio.
Es decir, yo y mi equipo, yo y mis ideas, yo y mis raíces, yo y mi guía a los artesanos que solo saben producir. Yo y mi página de internet donde el apartado de los artesanos esta después de 30 mesas de autor y 20 sombreros de nombre conceptual.

Y es una vez más, la visión paternalista que tuvo Vasconcelos con la que estos diseñadores de ropa, muebles y demás, toman a estos artesanos y los convierten en medios de producción. Los colocan en sus talleres donde su trabajo pertenece a una marca, no a sus manos. O comprándoles en mayoreo piezas que venderán al triple del precio en sus concept stores.
Para autores como Nestor García (2001), la globalización es responsable de un proceso de hibridación cultural en la “las culturas se mezclan, pero no en condiciones de igualdad”. Esta premisa establece que, aunque el intercambio cultural es inevitable dentro de las sociedades contemporáneas, es mucho más frecuente que grupos dominantes tomen elementos de culturas marginadas, sin conocer o respetar su origen o compensar justamente a los creadores.
Aquí es donde se encuentra un punto clave de la conversación y es necesario abordarlo de una forma interseccional. La cuestión no radica en decir que todos somos mestizos o mexicanos, sino abordar que en esa misma mexicanidad existen grupos marginados, racializados y explotados.
La discusión se complejiza al incorporar voces como la de Laura A. Lewis (2021), quien enfatiza que la apropiación también opera como un mecanismo de racismo sistémico: “Mientras los cuerpos indígenas son estigmatizados por portar su propia indumentaria, las élites urbanas celebran esos mismos diseños como ‘exóticos’ o ‘vanguardistas’” (p. 207). Este doble estándar revela cómo la moda textil mexicana se convierte en un campo de disputa entre la reivindicación identitaria y la fetichización colonial.
María Teresa Rodríguez y Guillermo Bonfil Batalla enfatizan que este proceso no es neutral. Cuando una marca comercializa un huipil sin consultar a la comunidad que lo creó, o sin retribuirla, se repite un patrón de explotación colonial: se extraen recursos simbólicos y materiales de grupos vulnerables para beneficiar a quienes ya tienen poder económico. Esto no solo empobrece materialmente a las comunidades, sino que despoja a sus prácticas de significado, reduciéndolas a simples motivos decorativos. Por ejemplo, un bordado que narra la cosmovisión de un pueblo puede terminar impreso en una prenda masiva, sin historia ni contexto, mientras las artesanas reciben migajas por su trabajo.
Y es en esta serie de recursos simbólicos donde se buscan esconder narrativas autoritarias en las que un símbolo complejo y codificado para la sociedad a la que pertenece es disecado para fungir como un elemento meramente estético que pretende ser colocado como vanguardista.
Un hecho que refleja a la perfección este fenómeno, es la reciente colección del diseñador estadounidense Willy Chavarria con Adidas. El modelo Oaxaca Slip-On, estaba enunciado como un calzado inspirado en los huaraches, fabricados por artesanos.
Dicho calzado logró tomar tanto revuelo que el zapato nunca salió al mercado e incluso la presidenta Claudia Sheinbaum se pronunció en contra del calzado fabricado en China.
Chavarría, en una disculpa enviada a la BBC mencionó estar profundamente arrepentido de haberse apropiado de este diseño y no haberlo desarrollado en conjunto con la comunidad oaxaqueña, de donde provenía el nombre pero en realidad el estilo de huarache también es usado en Michoacán y Guerrero.
Pero, lo más interesante fue lo que ocurrió después. Un sinfín de marcas que se dedican a comercializar sandalias usaron la noticia como su propia catapulta hacia los medios. Marcas que así como Chavarría, vieron una oportunidad de negocio en los símbolos de algunas comunidades.
Marcas con dueños que no pertenecen tampoco a las comunidades, o que respetan las prácticas, o nombran a sus artesanos. Marcas, que a pesar de ser mexicanas, han usado su cercanía a las urbes, a las élites y a los extranjeros para poder aprovechar el fetichismo y el exotismo que rodea las comunidades indígenas mexicanas.
Marcas que fetichizan aspectos cotidianos de la clase trabajadora mexicana y borran su carga simbólica para portarlos como una simple estética a modo de camisas con la imagen de la Virgen de Guadalupe, huaraches, bolsas de mercado o estampado con motivo de Talavera.
Dichas marcas buscan ser un elemento llamativo cultural que concentre la mayor cantidad de símbolos mexicanos, para así poder atraer la mirada extranjera y beneficiarse económicamente. Es decir. Hagamos una bolsa … de mercado … con listones … que diga una palabra popular mexicana … puede ser pinche … o cabrón … hay que ponerle fondo de bordado… y un llavero de milagritos … y… a Frida Kahlo … pero en caricatura.
Y es que suena cómico, pero son estrategias que han sido utilizadas por Ay Güey, Pineda Covalín, Benito Santos, Pinche México Te Amo, Mexico is the shit, Carla Fernández y una infinidad de marcas más; todas mexicanas y todas en una situación de poder.

La revolución, Vasconcelos y el Proyecto Nacional parecen estar lejos, pero si observamos detenidamente podemos darnos cuenta como las prácticas de la moda nacional continuan replicando la visión de Vasconcelos, en las que buscaba un México homogéneo, exotizado, fetichizado y con claras ventajas a las élites mexicanas.
El nuevo Proyecto Nacional, que opera en la moda mexicana, llena los closéts, las casas y los estudios de símbolos reconfigurados, que al ser robados, tomados prestados y hurtados, carecen de la autenticidad necesaria como para conectar de una manera genuina con los valores que busca representar.
Esta práctica lleva ya más de 100 años en vigencia y sigue en un camino eterno que continúa pisoteando y arrebatando herencias que no a todos nos corresponden. Ahora se presenta bajo el nombre de meximalismo, un hashtag más que una teoría, la cual buscar imaginar una nueva identidad nacional. Sin embargo, es la misma práctica de siempre, en la que la mexicanidad nunca va más allá de la estética y lo contemplativo.
Porque tenemos que recordar, que así como las faldas impresas no son bordado, la práctica sin la teoría carece del aspecto revolucionario que tanto se le busca atribuir.
- Es enunciado de esta forma en La Raza Cósmica: misión de la raza iberoamericana, libro escrito por Vasconcelos y publicado en Madrid en 1925. ↩︎
Bibliografía
★ Bonfil Batalla, G. (1987). México profundo: una civilización negada. Grijalbo.
★ La Secretaría de Cultura pide explicación a las marcas Zara, Anthropologie y Patowl por apropiación cultural en diversos diseños textiles.
★ García Canclini, N. (2001). Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad.
★ Martínez-Ruiz, C. (2015). Arte y simbolismo en los textiles mexicanos. Fondo Editorial de la Plástica Mexicana.
★
Sofía Zavala (Morelia, Michoacán) es historiadora del arte, escritora, curadora y diseñadora de vestuario, egresada de la ENES Morelia (UNAM), se especializó en arte mexicano, moda, arte contemporáneo y artes escénicas. Como escritora, colabora con medios independientes como Alkymia Zine. También ha publicado textos en Run The Runway Magazine, Noise Magazine y Culturas de Moda. Actualmente se desempeña como curadora en el Museo Casa de las Artesanías, impulsando proyectos que vinculan tradición, identidad y prácticas artísticas actuales. Puedes suscribirte a su substack aquí.
★
