Confesiones en maquina de coser: la costura y el trabajo feminizado.
Texto por Camila Rua ★ collage por @pamburguesa__
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Vi la máquina de coser de la señora Sor unas tres veces, pero viví con ella más o menos un año. Me tomó tiempo saber que a ella le gustaba la costura y la moda como a mi, como a mi mamá o a mi abuela. La vi feliz cocinando comida deliciosa, la escuché decir cuánto le gustaba nadar y la vi tener mareos y estar cansada.
Al inicio, recién llegada a su casa, cuando contaba que trabajó en las confesiones, no me di cuenta que se refería a las confecciones. La confusión permaneció más tiempo de lo debido, aunque después sí me percate que ella no había trabajado en el confesionario de una iglesia, no, la mesita en la entrada de su casa con un niño Jesús, una biblia, una vela y una cruz plateada no significaba eso. La señora Sor solo es una paisa más de Medellín, Colombia y el cambio fonético que me confundió (confesiones/confecciones) es parte del acento que hoy identifica a Colombia en el mundo.
Desde comienzos del siglo pasado la industria textil antioqueña convirtió a su capital, Medellín, en la ciudad industrial, la ciudad de las flores y la capital de la moda del país. Pero, a la señora Sor no le tocaron los años dorados de esa industria, a mediados del siglo XX, ella creció en los últimos 30 años del mismo siglo.
Sor Angela aprendió a coser y se enamoró del oficio desde muy pequeña, empezó como muchas, haciendo la ropa de sus muñecas, pero no continuó como todas, porque ella tomó su primera clase de costura a los siete años en una iglesia, hizo cursos en el SENA (Servicio Nacional de Aprendizaje) y fue aprendiz de un sastre.
A pesar de los estudios que cursó, donde la enseñaban a patronar, la señora Sor afirma que nunca patronó: “yo no patronaba, nunca patroné, sino que yo medía y cortaba en la misma tela, pasaba la regla, agregaba los centímetros que se le iban a dejar para costura y por si engordaba. No hacía nunca moldes. En la sastrería sí era con molde y en el SENA sí nos daban patronaje… pero yo no sé, me pareció como tan difícil ese patronaje…Yo creo que era más la pereza….Pero nunca me devolvían nada por malo, oíste, más charro. Normal que, cójamele aquí porque me quedó un poquito anchito, pero no porque le dañé la tela”.
Así, sin “saber” patronar comenzó a hacer confesiones con su máquina Singer Negrita ZZ que le había comprado su padre, y que aún está disponible para recibir confesiones. Durante los 24 y 31 de diciembre tenía mucha costura, a la vez que cosía para su familia, por ejemplo, unas navidades le hizo el vestido de víspera de matrimonio a su hermana.
El primer trabajo formal que consiguió la señora Sor fue en Caribú una empresa reconocida por la fabricación de blue jeans, en especial por su alianza con la clásica marca estadounidense Wrangler. Su deseado trabajo en la industria del blue jean duró poco, acabó sin siquiera haber empezado, pues, el primer día de trabajo ella llegó tarde.
En la voz de la señora Sor se percibe la emoción y la decepción por ese primer trabajo que no pudo ser cuando cuenta que: “salí como a las 4 y media para entrar a las 6. Las confesiones eran por el Parque Bolívar y nada que cogía bus. Yo no sé a dónde a mí se me metió que en vez de echar para abajo en dirección al Parque, yo echaba más para arriba. Pues vea, no le digo que llegué como a las 6 y 2 minutos, toqué el timbre para pedir perdón por no llegar a la hora, pero no me dejó ni acabar de explicar y me dijo… Cuando usted pueda madrugar más, busque trabajo. Cerró la puerta y me puse a llorar”. La tristeza de perder el trabajo que estaba por empezar era acompañada por la pena con la amiga que la ayudó a conseguir el trabajo. Así como el desaliento por perder la oportunidad en una de las grandes empresas de Antioquia.
BIENAVENTURADAS LAS MANSAS, PORQUE ELLAS TRABAJARÁN Y COSERÁN.
Las grandes empresas, como Fabricato y Coltejer, eran estrictas pero también eran las que ofrecían más beneficios a sus empleados. Esto se debía a que los beneficios y los mecanismos religiosos aseguraban la fidelización de los trabajadores. Sin embargo, la crisis que atravesaba la industria y la ciudad a finales de siglo llevó a los trabajadores de las grandes, medianas y pequeñas empresas a iniciar un movimiento huelguístico que se movilizó durante varios años. Incluso, la señora Sor recuerda que: “eso a cada rato hacían huelgas, cuando uno escuchaba que estaban acampando con carpas y que estaba en huelgas Coltejer, Tejicondor y Fabricato.”
Las huelgas se hacían dentro de las empresas, las trabajadoras dejaban de trabajar, armaban carpas e, incluso, en ocasiones hacían huelgas de hambre. Una de las huelgas que sentó precedente, tanto para el movimiento de trabajadores, como para el movimiento de mujeres, por ser la primera huelga de mujeres, ocurrió en 1920 contra la Fábrica de Tejidos de Bello y fue dirigida por Betsabé Espinal/Espinosa. Allí las mujeres protestaron reclamando que se les permitiera usar zapatos dentro de la empresa, se les aumentaran los sueldos, que eran menores que los de los hombres, y que sus superiores no las acosaran sexualmente.
Las obreras lograron su cometido, les aumentaron el sueldo y despidieron a los superiores correspondientes pero, según Luz Arango en su libro Mujer, religión e industria: Fabricato 1923-1982, “es muy posible que esta huelga, como dice Alberto Mayor, sirviera de alerta a los patrones de la región para que buscaran otros medios de evitarla en lo sucesivo. Se buscará, entonces, educar a las trabajadoras, convertirlas en obreras dóciles y eficientes, recurriendo a los métodos que la Iglesia Católica había aplicado durante siglos en Europa y América en la educación femenina: la rigidez moral, la disciplina austera, el trabajo doméstico y el rezo obligatorio en conventos e internados”.
Durante inicios del siglo XX se instauraron los patronatos en la ciudad, dormitorios gestionados por comunidades religiosas, las mujeres vivían allí porque era muy económico y podían ahorrar, por la seguridad o por ambos, pero pagaban cumpliendo horarios estrictos, yendo a misas, rezando rosarios y siendo solteronas. Sin embargo, la mano de obra dócil de las mujeres fue desplazada gradualmente de sus roles, hasta que la mayoría de los trabajadores en las empresas textiles pasaron a ser hombres, y no mujeres. Ellas debían regresar al lugar al que pertenecían, según las autoras del libro Mujeres y trabajo en Antioquia durante el siglo XX, Ana Reyes y María Saavedra, esto dio pie a la precarización del trabajo de las mujeres, ya que, aquellas que no tenían educación profesional o media solo tenían dos opciones, la informalidad y el trabajo doméstico remunerado.
Las autoras, Ana Reyes y María Saavedra, también explican que “en las décadas del setenta, ochenta y noventa se observan cambios en la economía del país, en los procesos de sindicalización y organización y en el comportamiento cultural de las mujeres, que influyen en forma contradictoria en su papel social y político. A pesar de haber alcanzado mayores niveles educativos, la oferta de trabajo se reduce a los sectores terciario e informal de la economía”. Al mismo tiempo, las mujeres comenzaron a tener una jefatura del hogar predominante, además, eran necesarios sus aportes para la economía del hogar, esto implicó una doble jornada laboral, ya que su trabajo remunerado no la eximía de sus labores como mujer de familia, esposa y madre.
La señora Sor tampoco estuvo eximida de esas labores y ella también deseaba cumplir con ellas, tenía la certeza de querer trabajar, pero sin dejar de cuidar a su hijo. Antes de casarse trabajó en Confecciones Infantiles Becky y se salió cuando se casó, aunque siguió cosiendo.
Después de casarse continuó cosiendo y trabajó en una fábrica que confesionaba sábanas y toallas, luego cosió desde casa para una empresa de pijamas, más adelante en la Casa del pantalón y una fábrica de pantalones. Ella cosía para esta última cuando quedó viuda y los 15 mil pesos que ganaba no alcanzaba para pagar el alquiler y sostener a su hijo.
LA COSTURA APRIETA PERO NO AHORCA ¿O SÍ?
En medio de la soledad a la que la arrojó la viudez, se encontró con doña Yolanda, dueña de un taller de confesión en el barrio, en el que la señora Sor pidió trabajar. El taller estaba ubicado en la casa de doña Yolanda, allí tenían las máquinas de coser y trabajaban de acuerdo con las producciones que llegaban. Por ejemplo, los uniformes para una escuela o la confesión de prendas para otra empresa. A este tipo de talleres se le conoce como maquilas o talleres satélites, ya que hacen parte de un sistema de producción por encargo, es decir, son empresas subcontratadas.
La tercerización del trabajo en la industria de la confesión en Medellín creció a partir de 1990 con pequeños talleres maquiladores de hasta 10 personas. Esta fue una respuesta desde el trabajo informal a las altas tasas de desempleo y a las estrategias de flexibilización que aplicaron las grandes empresas para poder hacer frente a la inestabilidad del mercado, la necesidad del aumento de la producción y la disminución de costos en los mismos, así lo explica Diana Kamacho en su tesis de maestría, Dominación económica, laboral y de género en la maquila de confecciones de tres grandes empresas de Medellín. Pero las ventajas para las grandes empresas se sustentaban (y se siguen sustentando) en la precarización laboral de sus trabajadoras.
La señora Sor también se enfrentó a las dificultades que venían con un trabajo informal, que, a la vez, se aprovechaba y respondía a las necesidades económicas y domésticas de las mujeres trabajadoras. Pues, bien me dijo: “no teníamos seguro, no teníamos nada, tan horrible. Yo le doy el trabajo pero no tiene derecho a nada. La necesidad y sobre todo estar al pie de la casa de los hijos pa’ mí eso no tenía precio, pero también fueron muchos años que tampoco pude aportar al seguro social, a la pensión…pues sobre todo en los barrios, y aún todavía, la que quisiera, pues, estar pendiente de sus hijos, entonces no tiene derecho a nada, pero qué más derecho que estar pendiente de ellos”.
En el taller de la señora Yolanda habían aproximadamente 7 trabajadoras, y es una muestra de que las mujeres predominaban/predominan en el espacio laboral de las maquilas o talleres satélites domésticos. La feminización de esta labor no es gratuita, tiene sus bases en la diferenciación sexual del trabajo bajo el que se dividen unas actividades como masculinas y otras como femeninas. Las primeras se han caracterizado por ser trabajos remunerados, realizados en el espacio público y generadores de ganancias para los empresarios, este tipo de trabajo fue analizado y definido por Marx como el trabajo productivo. Pero, el autor no hizo lo mismo con su contraparte, el trabajo reproductivo, ya que no desarrolló su análisis a profundidad.
El trabajo reproductivo corresponde a las tareas domésticas y del cuidado que reproducen la fuerza de trabajo, porque son los trabajos que sustentan la vida misma, dar a luz, criar hijos, lavar la ropa, cocinar, coser, etc. Pero, estos no son remunerados, son realizados en el espacio privado y han sido entendidos como femeninos.
Si bien la confesión a lo largo de este relato la hemos comprendido como un trabajo productivo caracterizado por ser remunerado, generador de ganancias para los empresarios y realizado en el espacio público, las raíces de este trabajo se encuentran en la costura y el coser, un trabajo que históricamente ha hecho parte de las labores domésticas y por lo tanto de lo “femenino”. Esa es una de las razones por las que las mujeres predominaban/predominan en los trabajos de confesión.
Ahora, la razón por la que ellas son las sujetas de la precarización laboral también se sustenta en la diferenciación sexual del trabajo, retomando a la señora Sor, ellas son las que deben velar por sus hijos a la vez que generan ingresos económicos. En esa medida el trabajo doméstico condiciona la actividad laboral de las mujeres, pero son pocos los empleos que responden al doble trabajo que tienen las mujeres obreras, que necesitan el dinero pero no tienen quién cuide de sus hijos, ni dinero para pagar a alguien que lo haga. Así que las empresas, al utilizar estrategias de flexibilización, como la subcontratación de talleres satélites o de confesionistas a domicilio, aprovechan las necesidades de las mujeres trabajadoras que velan por sus hijos. De manera que, insisten en sus heridas y venden una falsa solución, mientras que, agravan sus ya precarias condiciones de trabajo marcadas por la brecha salarial, la doble jornada y el acoso sexual.
A la señora Sor le pagaban el salario mínimo, no le pagaban la seguridad social (sistema de pensión, salud y riesgos laborales), pero la dejaban salir a darle el almuerzo a su hijo o podía almorzar/comer en el taller domiciliario. Además, había un buen compañerismo entre las mujeres que trabajaban en el taller, hacían reuniones de fin de año, jugaban al amigo secreto en amor y amistad y también cosían prendas para ellas: “nosotros guardamos los moldes, Rubiela nos sacaba el molde y ya después comprabamos tela y hacíamos las modas porque eran unas cosas divinas, por ejemplo, un gabán de una tela de jean delgada y estampada, pero divino, y doña Yolanda nos dejaba coser donde ella, a filetear y todo, entonces nos íbamos todas tal día y nos ayudamos entre todas a coser”.
A pesar de tener ese “derecho” de estar pendiente de su hijo o la invaluable posibilidad de estar al pie de la casa, como ella misma lo nombra, llegó el momento en que el que tuvo que dejar las confesiones parcialmente: “yo paré la costura, la costura la había parado porque no me daba para comer, pues si era para coser ya no me daba”. Además, su hijo cumplió 12 años y le preocupaba que no fuera a estudiar, que no regresara a casa del colegio o que llenara la casa de muchachos y muchachas, así que puso una guardería donde vivía.
La señora Sor abrió la guardería bajo la figura de madre comunitaria, es decir que su guardería hacía parte de los programas del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar ICBF, una entidad del Estado colombiano que trabaja por la protección de las infancias y juventudes. Al abrir la guardería en su casa se encargaba de las labores del cuidado o el trabajo reproductivo de su hogar, su hijo, y de los hijos de otras familias.
Pero su jornada laboral no acababa allí, sino que tenía dos trabajos más, ella detalla que: “entonces era guardería de 8:00 am a 4:00 pm, de 4:00 pm a 6:30 pm las confesiones, que eran ahí pegadas de la casa, y en la noche vendía el chance”. Es decir que tenía cuatro trabajos, tres trabajos remunerados y uno no remunerado.
La señora Sor en otras conversaciones me contó cómo la guardería fue quizás el trabajo que más disfrutó, la convivencia que tenía con los padres, las ocurrencias de los niños y los conflictos entre ellos, que, ahora, ya adultos recuerdan en sus reencuentros. Al mismo tiempo, Sor Angela ya no cose, prefiere mandar a arreglar la ropa con las modistas y de las pocas cosas que la vi coser fueron unos forros antifluidos para los muebles, pero sigue guardando una máquina, las cajas de hilos y las telas por si un día regresa a confesar.
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Camila Rua es una periodista colombiana maestrante de Sociología en la Universidad de Antioquia en Medellín. Su trabajo se ha enfocado en el género, la historia, las modas y el vestir en Latinoamérica. Le encanta crear nuevas pintas (outfits) con prendas que ya tiene y transformar ropa en desuso.
