Diseñando a la mexicana perfecta: entre el mito azteca y el rímel
Texto por Rivka Yussin Poblano ★
El siguiente texto es una versión revisada de la ponencia “Indumentaria, autenticidad y políticas culturales: una mirada crítica a los certámenes y fiestas populares en México” impartida por Rivka Yussin Poblano el pasado 1 de diciembre de 2025 en el Coloquio de Moda, Interdisciplina y Crítica organizado por Melodrama y llevado a cabo en las instalaciones de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Puedes ver la ponencia aquí.
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La vida como escenario
Cuando salimos de casa y nos presentamos ante un grupo de desconocidos, rara vez nos mostramos “al desnudo”. Seleccionamos cuidadosamente nuestra ropa, ajustamos nuestro tono de voz y elegimos qué partes de nuestra historia contar. Sin darnos cuenta, estamos actuando. Como si estuviéramos en un teatro, utilizamos una máscara social para que los demás nos entiendan y nos acepten. Este proceso, que el sociólogo Erving Goffman llamó la “presentación de la persona”, no es mentir, es la forma fundamental en que los seres humanos organizan la convivencia. Necesitamos un escenario [1] y una fachada [2] para saber quiénes somos y qué papel jugamos en la sociedad.
Sin embargo, este acto de “ponerse una máscara” no es exclusivo de las personas. Los países también lo hacen. Las naciones, al igual que los individuos, necesitan presentarse ante el mundo y ante sus propios ciudadanos con una identidad clara y reconocible. Necesitan decir “esto somos nosotros”. Y para lograrlo, al igual que una persona elige un traje para una fiesta, el Estado elige símbolos, historias y vestimentas para construir una imagen de unidad. En México, este proceso ha sido particularmente intenso y complejo, utilizando el cuerpo de las mujeres y la indumentaria regional como los principales actores de esta gran obra de teatro nacional.
La construcción de la “comunidad Imaginada”
Ninguna nación nace de manera natural, las naciones se construyen. México es un territorio inmenso con cientos de culturas, lenguas y formas de ver el mundo distintas. ¿Cómo lograr que un campesino del norte, un pescador de la costa y un comerciante de la capital sientan que pertenecen al mismo equipo? La respuesta está en lo que Benedict Anderson llamó “comunidades imaginadas”. Para que la nación exista, necesitamos relatos y símbolos compartidos que nos hagan sentir parte de algo más grande, aunque nunca lleguemos a conocer a la mayoría de nuestros compatriotas.
En este esfuerzo por crear unidad, el Estado mexicano posrevolucionario recurrió a la historia y a la cultura popular. Se necesitaba una identidad que proyectara cohesión y estabilidad. Pero la realidad indígena era demasiado diversa y compleja para ser vendida fácilmente como una sola imagen. Por ello, el sistema político recurrió a lo que los historiadores llaman la invención de la tradición [3]. Muchas de las costumbres, desfiles y “trajes típicos” que hoy consideramos ancestrales no son tan antiguos como creemos, fueron seleccionados, estandarizados e incluso creados durante el siglo XX para servir como pegamento social. Se buscaba una imagen que dijera “somos un pueblo unido y mestizo”, ocultando las profundas desigualdades reales.
La ingeniería del vestido: De lo tradicional a lo espectacular
Es aquí donde entra en juego la ropa. Para entender cómo funciona este espectáculo, es vital distinguir entre tres cosas que parecen iguales pero no lo son: la indumentaria tradicional, el atuendo típico y el traje regional.
La indumentaria tradicional es la que usan las comunidades originarias en su vida diaria y ritual. Es un lenguaje sagrado; un huipil tejido en telar de cintura cuenta la historia del universo y el linaje de quien lo porta. Es ropa viva. En cambio, el atuendo típico es una simplificación comercial, un disfraz genérico para vender artesanías o bailar en festivales escolares. Finalmente, tenemos el traje regional. Este último, podría considerarse un uniforme político.
Pensemos en figuras como el diseñador Ramón Valdiosera, quien a mediados del siglo XX recorrió el país bajo el encargo de gobernadores y empresarios para “diseñar” la identidad de los estados. En lugares como Tabasco, Nuevo León o Quintana Roo, se crearon vestidos que mezclaban elementos indígenas, paisajes y modas de la época para crear un símbolo unificado. Estos trajes regionales no nacieron de la necesidad de la comunidad, sino de la necesidad del Estado de tener un logotipo visual. Son prendas hermosas, sí, pero están diseñadas para el escenario, no para la milpa. Son un ejemplo de etnicidad de mercado [4]: la cultura convertida en marca.
El cuerpo femenino como territorio de la nación
Este vestuario nacionalista no se coloca sobre cualquier cuerpo. Existe una división tajante en quién carga con el peso de la tradición. Si observamos un evento oficial, veremos a los hombres políticos vestidos con trajes occidentales (saco y corbata), símbolos de modernidad, futuro y poder racional. A su lado, las mujeres aparecen vestidas con el traje regional, encarnando el pasado, la tradición y la “autenticidad”.
Esto responde a una lógica patriarcal: la mujer es vista como la guardiana del “alma” de la nación, mientras que el hombre es el encargado de administrar el progreso. Ellas deben parecer indígenas para que la nación tenga raíces, mientras ellos deben parecer europeos para que la nación tenga futuro.

Los certámenes de belleza y las ferias estatales son algunos de los rituales donde esta división se consagra. Al ver desfilar a las “Flores” o “Reinas”, no estamos viendo solo un concurso de belleza; estamos presenciando un ritual político. El cuerpo de la mujer se convierte en un lienzo donde el Estado escribe su versión de la historia. Pero no es cualquier cuerpo el que sirve para esta escritura. Aquí entra en juego la ideología del mestizaje [5].
Mestizaje, biopolítica y blanqueamiento
En México, se nos ha enseñado que el mestizaje es la mezcla igualitaria de dos mundos. Sin embargo, en la práctica, ha funcionado como una ideología de blanqueamiento. Se celebra la raíz indígena en el museo y en el vestido, pero se rechaza en el cuerpo vivo.
En los certámenes, la ganadora ideal suele ser una mujer que logra un equilibrio muy específico: debe ser capaz de portar el traje indígena con orgullo, pero físicamente debe acercarse a los estándares de belleza occidentales (alta, delgada, facciones finas, tez clara o apiñonada). Es una forma de biopolítica [6]: el Estado y los medios promueven un tipo de cuerpo “aceptable” que representa la “mejora” de la raza. Una mujer indígena que use su propia ropa tradicional es vista como “folclore”, una mujer mestiza que usa ese mismo traje en una pasarela es vista como “cultura” y “elegancia”.
¿Por qué participan? El cuerpo como capital
Podríamos pensar que las mujeres son simples víctimas de este sistema, pero la realidad es más compleja. Participar en estos certámenes es también una estrategia de ascenso social. Utilizando los conceptos de Pierre Bourdieu, podemos entender que estas mujeres están invirtiendo su capital corporal [7].
Las participantes y sus familias lo hacen porque saben que la belleza, en este contexto, funciona como una moneda de cambio. Ganar la corona puede traducirse en empleos en el gobierno, becas, matrimonios ventajosos o acceso a círculos de poder político. Sin embargo, este intercambio tiene un precio: la violencia simbólica [8]. Para ganar, las mujeres deben aceptar ser medidas, juzgadas y disciplinadas bajo reglas que no controlan, validando un sistema que valora a la mujer principalmente por su capacidad de adornar.
La mirada del otro: El turismo y el consumo
Finalmente, todo este montaje tiene un destinatario final. Hoy en día, la identidad no solo se performa para crear patria, sino para atraer dólares. La mirada turística [9] se ha convertido en el gran juez de la cultura. Los certámenes y desfiles se diseñan pensando en lo que el turista quiere ver: colores brillantes, bailes alegres, mujeres sonrientes y una versión higienizada de la cultura.
Se produce así una “autenticidad escenificada”. Lo complejo, lo doloroso o lo político de las comunidades indígenas se esconde tras bambalinas, ofreciendo al espectador un espectáculo digerible y exótico. La identidad se convierte en mercancía.
Conclusión
En resumen, cuando vemos a una reina de belleza saludando con un traje típico, estamos viendo el resultado de una inmensa maquinaria social. Estamos viendo el deseo de una nación de presentarse como unida, la imposición de roles de género que atan a la mujer al pasado, la gestión biopolítica de la raza que prefiere el mestizaje sobre lo indígena, y la necesidad económica de vender una imagen atractiva al mundo. Es un escenario donde todos actuamos, pero donde el guión fue escrito hace mucho tiempo por estructuras de poder que siguen vigentes.

Glosario técnico
[1] Escenario (Setting): Según Erving Goffman, es el lugar físico y simbólico donde ocurre la interacción social (como una oficina, una fiesta o un certamen). El escenario tiene reglas que nos dicen cómo debemos comportarnos.
[2] Fachada (Front): Es la “máscara” que usamos. Incluye nuestra apariencia (ropa, sexo, edad) y nuestros modales. Es el equipo que usamos para convencer a los demás de que somos quienes decimos ser.
[3] Invención de la tradición: Concepto de Eric Hobsbawm. Se refiere a prácticas que parecen muy antiguas pero que en realidad fueron creadas recientemente por el Estado o las instituciones para generar un sentido de continuidad y pertenencia en la población.
[4] Etnicidad de mercado (Ethnicity, Inc.): Término de los antropólogos Comaroff que describe cómo la cultura y la identidad étnica se empaquetan y se venden como productos en el mercado global (turismo, artesanía, moda).
[5] Mestizaje (como ideología): No se refiere solo a la mezcla biológica, sino al proyecto político del Estado mexicano que buscaba homogeneizar a la población, promoviendo la idea de que “todos somos mestizos” para diluir las identidades indígenas y “modernizar” al país.
[6] Biopolítica: Concepto de Michel Foucault. Se refiere a cómo el poder político gestiona, administra y controla la vida biológica de la población (sus cuerpos, su salud, su raza, su reproducción) para alcanzar objetivos estatales.
[7] Capital Corporal: Adaptación de la teoría de Pierre Bourdieu. Es el valor que tiene el cuerpo (belleza, fuerza, forma) en el mercado social. Puede intercambiarse por otros beneficios como prestigio, relaciones o dinero.
[8] Violencia Simbólica: Es un tipo de dominación que no usa la fuerza física, sino que se ejerce cuando el oprimido acepta como “naturales” o “correctas” las ideas del opresor. Por ejemplo, cuando una mujer acepta que su valor depende de ser juzgada por un jurado masculino.
[9] Mirada Turística (Tourist Gaze): Concepto de John Urry. Es la forma en que los turistas miran y consumen el mundo. Esta mirada obliga a los locales a transformar su cultura y comportamiento para ofrecer el “espectáculo” que el turista espera ver.
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Rivka Yussin Poblano es socióloga de la UNAM y habitante profesional de la crisis de identidad, resultado de una genealogía de migraciones y de negociar su lugar como mujer entre la periferia y el centro. Se ha desempeñado como investigadora de campo y analista de insights culturales, navegando entre la consultoría ambiental en Bangkok, el marketing estratégico y los pasillos de la investigación social. Con un pie en la academia y el otro en la cultura pop, Rivka disecciona el género y la indumentaria en Xochimilco. Su trabajo es una invitación a mirar detrás de la fachada social para entender por qué nos ponemos lo que nos ponemos y quiénes somos cuando nadie nos está mirando, o mejor aún, cuando el escenario esta a punto de encenderse.
