La moda rápida es más que una camiseta feminista estampada
Texto por Estefanía Córdova ★
Este artículo forma parte de nuestro Programa de Colaboración para la Creación de Contenido Crítico de Moda 2026 de Melodrama
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Ya sea vistiendo un vestido azul diseñado por John Galliano para Zara en la pasada Met Gala o usando hace unos días una gorra de la colaboración de Bad Bunny con la misma marca, Marta Ortega, la hija de Amancio Ortega (dueño de Inditex), y la principal responsable de la empresa desde 2022, parece estar llevando a la práctica las pocas declaraciones públicas que ha hecho sobre cómo está trabajando para que Zara deje de ser considerada como moda rápida.
En la entrevista que le hizo el Financial Times en 2023, Ortega declaró que la moda rápida se trata: “de prendas sin vender y de mala calidad a precios muy bajos, y eso no tiene nada que ver con lo que hacemos”. Ese mismo año también fue nombrada la persona más poderosa dentro de la industria global de la moda de acuerdo al periódico The Standard. Marta Ortega es una mujer joven, esposa y madre de tres hijos, y dirige también una fundación que apoya el arte de la fotografía y a sus jóvenes promesas: “The MOP Foundation” (las siglas son las iniciales de su nombre). Este tipo de mujeres “empoderadas” al feminismo hegemónico le encantan, sacian sus ganas de igualar a los hombres en industrias capitalistas que sostienen procesos de acumulación y explotación masivos. ¿Con Marta Ortega al frente de Inditex podemos dejar de preocuparnos porque la moda sea un problema feminista?
La moda rápida es más que una camiseta estampada
Al no reconocer a Inditex bajo los parámetros de la moda rápida como ha declarado en su entrevista al Financial Times, Marta Ortega da bandera blanca para que las mujeres que se identifican como feministas puedan consumir sin culpa o para justificar los precios altos de sus prendas, porque “el problema” de la industria se ha reducido a que la moda rápida vende camisetas estampadas a precios muy bajos, explotando a las trabajadoras textiles y al medio ambiente. Con la salida a la venta de la colaboración con Bad Bunny, Zara demuestra que para seguir produciendo prendas que nadie necesita, que son simples en diseño pero altas en su precio de venta al público, es indispensable que sus procesos de producción sigan deslocalizados en países donde la mano de obra barata son en su mayoría las mujeres trabajadoras textiles, y su modelo de negocios no puede ser otro que el de la producción y consumo masivos de mercancías baratas (porque el término de moda rápida tiene más que ver con el abaratamiento de los costos de producción, que con la “democratización” de la moda).
¿Qué significa la consigna “la moda es un problema feminista”?, ¿Por qué parece que pensar la moda como un problema feminista se reduce a si usas o no una camiseta barata con una frase empoderante impresa (como si esa fuese la única contradicción en la que podemos caer)?, ¿Qué significan ahora las camisetas con la frase “todas debemos ser feministas” que Dior volvió tan populares en el 2017? El feminismo hegemónico, coopta las demandas de los movimientos organizados de mujeres para reducirlas a la lucha por la igualdad de género, asumiendo desde una posición de superioridad que todas las mujeres somos iguales, hablando por y silenciando las experiencias de las mujeres que no comparten su condición de clase, sus privilegios, su blanquitud, ni su agenda política mercantilizable al capitalismo. Desde esa posición de superioridad, volteó a ver a las trabajadoras textiles después del derrumbe de Rana Plaza y se volvió a acordar de ellas hace unos años cuando la explosión de camisetas con frases impresas, hizo imposible no discutir que esas prendas de ropa, que se usaban sólo una vez en las marchas del 8 de marzo, siguen siendo manufacturadas por trabajadoras textiles explotadas por las marcas de moda internacionales. ¿Qué hay detrás de ese reconocimiento: la preocupación por performar lo políticamente correcto o un análisis profundo y complejo sobre el lugar que ocupamos en una cadena de producción y consumo profundamente desigual?
¿Qué visten las buenas feministas?
El performance de la “buena feminista” se limita a hacer pública la preocupación por los derechos de las mujeres, entendidos como la falta de igualdades y oportunidades de las que carecen estas al reducir el análisis de la opresión únicamente a la existencia del “patriarcado”.
A la moda y el feminismo blanco les preocupan los derechos de las trabajadoras textiles porque les permite justificar su lucha contra la opresión de género, manteniendo una postura política que se mercantiliza y una identidad que se construye en el consumo. El performance de la “buena feminista” que entiende que la moda es un “problema feminista” dice que el deber de cualquier mujer que se identifique con este movimiento de igualdad es el de no comprar moda rápida; mejor optar por la prenda que tiene la etiqueta de “sostenible”, “moda justa”, o “producida éticamente”, si la información de la etiqueta es cierta o no, es lo de menos. Lo importante es presentarse como una salvadora más de los derechos de otras mujeres: mujeres trabajadoras tercermundistas, racializadas y colonizadas, que viven en países pobres oprimidas sólo por sistemas patriarcales representados en sus jefes, sus esposos, en sus creencias religiosas y por las marcas de moda para las que manufacturan. Serás una feminista más interesante si compras de segunda mano, “vintage” o “preloved”, estarás cumpliendo con el “starter pack” de chica cool, porque tú a diferencia de otras mujeres en otras partes del mundo sí puedes elegir no consumir fast fashion, y extiendes tu preocupación hacia ellas que “sólo son víctimas de la desigualdad de género”. Eres sorora y te preocupas por las otras; quizá no todo el tiempo, pero si cuando una prenda barata te gusta y vas a comprarla, es decir, cuando gastas tu dinero.
Tranquilizada tu conciencia y segura de que lo estás haciendo bien mientras te ves hegemónicamente atractiva, puedes entonces pasar a discutir la moda en conceptos más abstractos, conceptos que te hagan ver más intelectual y que no te comprometan a nada, como Marta D. Riezu en su ensayo “La moda justa. Una invitación a vestir con ética”. Justificada en la extensión que le permitía el formato, se limita a mostrarnos las buenas decisiones que ella ha aprendido a tomar para no gastar su dinero en prendas “malas”, porque la razón que le hizo cambiar sus hábitos de consumo fue descubrir con indignación en una mudanza, no la cantidad de ropa que tenía de Zara, sino la cantidad de dinero que había perdido en esas compras baratas.
El libro es más una “guía” acerca de las decisiones individuales de consumo que se tienen que hacer para comprar “mejor” y seguir luciendo “sofisticada”, que el ejercicio de un análisis crítico que se esperaría de una periodista dedicada a la moda. “¿Es la moda feminista? Sí, porque ayuda a construir y expresar la propia identidad. No, porque su industria explota sobre todo a mujeres.” (D. Riezu, 2024, p.111). Ella se hace la misma pregunta que yo les propongo discutir aquí, pero encuentra una forma ambigua y cómoda para responder. Desde su posición de mujer blanca, europea y privilegiada; puede concederse la libertad de decidir cuándo sí y cuándo no la moda es feminista, para seguir performando según le convenga al sistema, y es este discurso el que ha guiado la conversación en los últimos años.
La moda es, ante todo, una industria capitalista
Esta es una invitación para profundizar, para pensar más allá de lo fácil que es repetir una frase sólo porque se escucha “políticamente correcta”, sin cuestionar de dónde o cómo se origina. Importan las palabras, los conceptos y las ideas que usamos, no tiene las mismas implicaciones señalar sin más que “la moda es un problema feminista”, a decir que “la moda es una industria cultural y económica que existe para el beneficio del capitalismo heteropatriarcal, colonialista e imperialista”, y que los conocimientos y demandas generadas por los movimientos de mujeres nos brindan herramientas para pensar la moda de formas mucho más complejas. Así podemos rastrear cómo por medio de la moda se encuentran vinculadas la explotación y precarización de la clase trabajadora con los procesos de despojo y colonización que ocurren alrededor del mundo para el beneficio del capital.
Por lo tanto podemos denunciar, con lo documentado por el reporte “Fashioning Apartheid”, que la industria global de la moda es cómplice en el genocidio de Israel a Palestina. Inditex y H&M, a diferencia de lo que hicieron con Rusia cuando invadió Ucrania en 2022, no han roto sus relaciones comerciales con Israel a pesar de la intensificación del genocidio que está cometiendo contra Palestina, y que sostiene desde la creación del estado sionista en 1948. Las marcas con sus tiendas físicas están promoviendo el desarrollo económico en Israel; legitimando y normalizando los asentamientos ilegales en los Territorios Ocupados de Palestina. Zara tiene presencia en Israel desde 1997, en 2019 empezó a expandirse con tiendas comerciales y en 2025 abrió la tienda de ropa más grande hasta el momento en el centro comercial “Big Fashion Glilot”. El genocidio a Gaza ha terminado con la vida de cientos de miles de mujeres, y continúa destruyendo las formas de vidas de cientos de miles más y de sus familias, pero parece que para las “lentes moradas“ del feminismo hegemónico lo que sucede en Gaza no tiene nada que ver con los derechos de las mujeres que defiende, ni con la idea de “moda feminista” que promueve.
Pensar la moda colectivamente.
Esta reflexión es una búsqueda para pensar la moda de forma mucho más compleja y crítica, como ya se hace desde los feminismos marxistas, negros, decoloniales y anticapitalistas. La intención no es señalar a ciertas mujeres sin más; pero si les gusta ser, de forma más o menos explícitas, el centro de atención y tienen opiniones que son referentes para este tipo de discusiones, entonces pasan a formar parte de nuestras discusiones para la construcción de otras formas de entender nuestro lugar en el mundo y lo que podemos hacer desde nuestras posiciones. El feminismo blanco no lucha contra el capitalismo, ni el colonialismo, ni el imperialismo; busca la igualdad para acceder a las mismas oportunidades que los hombres en un sistema de poder que reproduce opresiones mucho más allá de las de género, principalmente de clase y raza. Así en su estrategia de igualdad y empoderamiento, unas cuantas mujeres blancas privilegiadas acceden a puestos de poder dentro de la moda; mientras les hacen saber a las demás mujeres con conciencia feminista que comprar la ropa que una trabajadora textil confeccionó en algún lugar lejano a ese centro de consumo está mal.
Por medio de la colonialidad del discurso, el feminismo hegemónico “asume una noción homogénea de la opresión de las mujeres como grupo, que a su vez produce la imagen de una ‘mujer promedio del tercer mundo’. Esta mujer promedio del tercer mundo lleva una vida esencialmente truncada debido a su género femenino (léase sexualmente constreñida) y su pertenencia al tercer mundo (léase ignorante, pobre, sin educación, limitada por las tradiciones, doméstica, restringida a la familia, etc.). Esto, sugiero, contrasta con la autorepresentación (implícita) de la mujer occidental como educada, moderna, en control de su cuerpo y su sexualidad y con la libertad de tomar sus propias decisiones” (Mohanty, 2008, p. 5).
Si hacemos uso del análisis de Chandra T. Mohanty, podemos hacer visible que las trabajadoras textiles del Tercer Mundo ocupan un lugar específico en la división internacional del trabajo que ilumina y explica aspectos cruciales de los procesos capitalistas de explotación, precarización y colonización que se sostienen por medio de la industria global de la moda; nos permite ver que existen relaciones sociales invisibilizadas de producción y consumo. Sin la existencia de las trabajadoras textiles no sería posible la existencia de las mujeres consumidoras. Que para el lugar del mundo desde el que escribo me hace mucho más sentido, con el reconocimiento incómodo y doloroso de nuestros privilegios, buscar aproximarnos a esa relación para encontrarnos como personas ordinarias en nuestras necesidades, deseos y decisiones para buscar transformar material e ideológicamente nuestras condiciones de vida.
Las trabajadoras textiles históricamente han construido movimientos de resistencia frente a los ataques del capital a la vida, es en estos espacios donde todo el resto de mujeres trabajadoras tenemos muchas más posibilidades de alianzas políticas y de hacer muestras de solidaridad hacia otras personas, que performeando para redes sociales una imagen de mujer perfecta que repite sin parar: “la moda es un problema feminista”.
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Bibliografía
★ Moss, Victoria. Fashion Power 100 revealed: The hottest industry style prayers ranked, en The Standard, Londres, 2023.
★ BDS National Comittee. Boicot a ZARA: Vistiendo el apartheid y el genocidio, BDS Movement, 2025.
★ Ellison, Jo. The Zara woman: an exclusive interview with Marta Ortega, Financial Times, Londres, 2023.
★ D. Riezu, Marta. La moda justa. Una invitación a vestir con ética, Anagrama, Barcelona, 2024.
★ Dubois, Zoé. Fashioning Apartheid. How the fashion industry is complicit in israeli colonization, achACT, Bruselas, 2025.
★ Mohanty T. Chandra. Bajo los ojos de occidente. Academia feminista y discurso colonial en Descolonizando el Feminismo: Teorías y prácticas desde los márgenes. Madrid: Ed. Cátedra, 2008.
★ Mohanty T., Chandra. “Women Workers and Capitalists Scripts: Ideologies of Domination, Common Interests, and the Politics of Solidarity” en Feminist Genealogies, Colonial Legacies, Democratic Futures. Nueva York: Routledge, 1996. Disponible en: https://leicesterfeminist.files.wordpress.com/2014/09/mohanty-1997.pdf [consultado: 20 enero del 2026].
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Estefanía Córdova estudió Relaciones Internacionales y tiene una Especialidad en Economía Feminista. Investiga y escribe sobre moda, política, economía y cultura desde una perspectiva crítica, marxista y anticapitalista, puedes leer también su trabajo en Ruido Magazine. Obligada a levantarse temprano, anda soñando todo el día con que nunca nos falten los medios para hacer de nuestras luchas personales, revoluciones colectivas. Con un pésimo sentido de ubicación pero se sabe todas las canciones de Bad Gyal.
